El pueblo

San Lorenzo es un pueblo, pero no es “muy” pueblo. El pueblo donde veraneaba con mi familia de pequeña, Retiendas, sí que era un pueblo-pueblo. Apenas debía llegar a la decena de empadronados; la alcaldesa era la mujer del pastor, y vivían rodeados de gatos y perros a los que mi hermana, mi prima y yo acosábamos a todas horas. La vecina nos regalaba calabacines gigantes que mi madre y mi tía convertían en una crema que yo detestaba y por la que ahora mataría. Además, estaba La Bruja, la Leo, la señora que cada día iba a rezar por su marido al cementerio, el señor de la silla de ruedas, Justo, y, en verano, además de nuestra familia Addams,  las niñas que no conocían el color fucsia y te echaban de su callejón, los niños con cara de rana, las que querían buscar “fosilos” y las que se pasaban veranos enteros jugando al “cuadrado”. 

Hoy he recordado un poquito aquella sensación mañanera en el pueblo. No había un alma en nuestra calle – aunque tampoco es muy concurrida -, el sol le quitaba un poco de importancia a la brisa matinal y de repente me ha olido a pan de hogaza, a leche calentada al fuego, a tazones de barro, a azucareros de cerámica y a madalenas artesanales. La de cosas que pueden recordarse sólo con un aroma. Definitivamente me encantan las mañanas de sol y un poco de frío.
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