Sólo de un lugar

Ayer saqué la ropa de invierno y me di cuenta de que es la primera vez que me pondré muchas de mis prendas aquí. Hasta ahora siempre habían estado en Madrid, y seguramente por eso a mi madre le parezca que tengo, de repente, un montón de ropa nueva. Me da entonces por pensar en mis últimos inviernos lejos de aquí y me pregunto en qué punto me han dejado. ¿He vuelto al punto de partida o esto es, aun siendo lo mismo, diferente? 

No acabo de adaptarme a pensar que ya “sólo” vivo aquí. Me había acostumbrado a estar siempre entre dos casas, dos ambientes, dos ciudades tanto como a odiar esa situación. Sin embargo ahora, de repente, todo ha vuelto a empezar y me siento como si nunca me hubiera ido, y también como si, a pesar de todo, me hubiera equivocado al volver. Disfruto de esta ciudad, de mis paredes moradas, de mis padres, de la tranquilidad, no sé, de todo lo que aprendí a echar de menos de una manera que no me invitaba tampoco a odiar lo que tenía. Comparaba, sí, pero aquello me gustaba. 

Pero ahora estoy aquí y hay muchas cosas que han cambiado, y otras que siguen igual. Es difícil madurar y evolucionar, y, aunque siempre he sido muy dada a la nostalgia, estoy cansada de involucionar. No es que quiera ser una mujer hecha y derecha, pero quiero dejar de ser una cría. Estoy cansada de sentirme infinitamente tímida, avergonzada, ridícula, sola, mendiga de casi todo. 

Quizá haya llegado la hora de crecer, pero aún no lo tengo demasiado claro. Lo pensaré.

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