No apto para Scrogees

Estos dos días he tenido la oportunidad de realizar mi primer “trabajo” como fotógrafa. Y además, con una buena causa de fondo. La cosa es que con motivo de las navidades, el Museo donde trabaja mi hermana ha organizado una exposición sobre juguetes y, a propósito de la temática, se ha sumado a la campaña que todos los años hace Protección Civil de recogida de juguetes usados. Para incentivar un poco la donación de estas viejas glorias, se ha pedido la colaboración de varios artesanos de la ciudad que han realizado – o están en vías de hacerlo – varios juguetes con sus propias manitas para donarlos y conformar, entre todos, una enorme y peculiar cesta de Navidad que se sorteará entre los generosos niños que hayan donado sus antiguos juguetes. ¿Mi tarea? Acompañar a mi hermana en la recogida de estas altruistas donaciones y retratar a los artistas en su taller de trabajo, a ser posible con las manos en la masa.

Nuestra ruta comenzó ayer a eso de las 9 y media de la mañana, cuando habíamos quedado con un guarnicionero que donó un bonito estuche de piel. Además de conversar sobre la situación actual de los artesanos y hacer comparaciones con Suecia, nos regaló 2 llaveros muy charros y le vendió unos guantes a mi cuñado, que pasaba por allí en busca de unos, incapaz de encontrar los del año pasado. 

Nos despedimos y ponemos rumbo a Vistahermosa. Localizamos el único bar de la urbanización y nos tomamos un café caliente, que la mañana es muy fría. Allí nos encontramos con nuestro siguiente artista, un carpintero en paro que confecciona divertidas muñecas de las que ha donado dos (más tarde descubrimos que se llaman “fofuchas” o como dice mi hermana, “fofitas”). ¿La explicación? Su pequeña le pidió que le hiciera una y, supongo que alentado por su parienta (que era claramente, la mente empresarial y motivadora) las distribuyó por distintas tiendas de la ciudad, donde al parecer tienen bastante acogida. Nos cuenta que es su remedio contra la odiosa rutina del parado: mantiene la mente activa y no le da vueltas a la cabeza mientras – supongo – espera que la vida le devuelva a su oficio. Nos despedimos con un buen sabor de boca. Son gente humilde y se complementan el uno al otro, mente artística y empresarial. 

Bajamos al centro y nos dirigimos a una tienda de jabones artesanos sencillamente encantadora. Las paredes son de color verde y naranja y huele que alimenta. Hay jabones de todas las formas, olores y colores y es una maravilla estar allí. La chica ha elaborado una cesta muy completa con distintos productos de su tienda, y nos invita a participar en un sorteo que ella misma realiza con motivo de su tercer aniversario. Nos vamos con la amenaza de que volveremos, porque la verdad es que es una tienda llena de cosas que regalar. 


Muy cerquita de allí vistamos a otra colega suya, una chica que con apenas 24 años ya es el segundo negocio que intenta a sacar adelante. Aunque su historia tiene una parte propia de estos tiempos de crisis, lo cuenta con una sonrisa en la boca y nos habla de la relación con los clientes, de la importancia de la cercanía y de los cursos que organiza para aprender a hacer colgantes, fimo, pendientes, muñecas o lo que tú quieres, porque su lema es que intenta hacer los sueños de sus clientes realidad. Para la cesta ha preparado un broche de piruleta y un colgante que es un donut rosa. 

Salimos de allí y nos sobra tiempo hasta la próxima visita, así que hacemos paradita para ver a los gatos, que mi hermana no los conoce. Obviamente, allí el tiempo se detiene entre que vienen unos y otros y nosotras nos embobamos y se nos echa el tiempo encima.

Nuestra proxima parada es Insolamis. Una vez allí, las educadoras – trabajadoras sociales reúnen a todos los chicos en una sala y les dicen que se pongan las batas y enseñen el regalo: han hecho un bonito pack con varias libretas y cuadernos con su marca personal. Es difícil sacar una foto en la que todos estén atentos, pero es un rato muy agradable: todos sonríen, son los protagonistas. Aplausos después de la foto y en la entrega del regalo para la cesta, que recoge mi hermana mientras todos vitorean “¡que lo abra, que lo abra!”. “¡Que no! ¡Que no es para mí!”.
Nos despedimos y nos dirigimos a nuestra última cita: unos talleres de pintura con un peculiar personaje al mando, me advierte mi hermana. El chico es un puntazo. Se le ve artista y rapero, y sobre todo, muy campechano. Nos trata como si nos conociera de toda la vida. Ha limpiado a conciencia el taller y lo ha colocado todo minuciosamente. “Esa no era la idea….” “¡No me digas! ¡Que llevo toda la mañana limpiando!”. En principio da lo mismo, así en la foto parecerá que es un chico muy limpio y ordenado, pero a él no le convence, así que quedamos en concretar otra cita para un día que esté dando uno de sus talleres y esté todo patas arriba. 

Hoy hemos empezado la ruta a las 10. Hemos ido a una librería infantil de esas en las que alguien como nosotras puede perderse. Los libros son geniales, con ilustraciones e historias súper divertidas. Donan 2 libros de autores autóctonos firmados. Molan un montón. 

De allí vamos a recoger un cuadro precioso que han hecho los del taller de marcos, un lugar en el que nunca había entrado. El sitio es genial, tienen un taller al fondo y un montón de muestras. La mujer insta a su marido a que salga en la foto, que así lo hace mientras el resto de empleados busca una excusa para no estar allí y no salir en la foto. Qué vergonzosos son estos artistillas, hay que ver. 


De allí vamos a la tienda de un señor turco con el que hemos quedado a las 10:30, pero la tienda está cerrada y pone que abre a las 11. Genial, el hombre este se empana y tal. Decidimos hacer un alto en el camino y también regresar unos años atrás y nos metemos a desayunar a la cafetería de Filología, las míticas caballerizas. ¡Qué lugar! ¿Por qué no vamos más a menudo allí? No sólo ponen unos pinchos buenos, bonitos y baratos, es que el sitio es propio – como bien ha dicho mi hermana-, de Manhattan, a pesar de su “medievalidad”. 

Cuando terminamos con nuestro tentempié intentamos localizar al turco otra vez, pero se le han pegado las sábanas o ha pasado del tema trabajar. Pasamos un momento por el estudio de fotos de un colega a soltar los trastos, damos una vuelta por el Mercado para cotillear una nueva tienda oriental y cogemos un taxi para ir a ver a la Sandri. Allí les hacemos la foto a ella y a su madre, dos artistas de pura cepa que tocan casi todos los palos: bisutería, tocados, broches, bordados, complementos y ahora… ¡colección para niños! Han hecho un muñeco Trizas (un pollo imagen de su marca) con complementos de invierno, una lámina para colorear y una ilustración. Todo ello presentado al más puro estilo Barbie: “Trizas Snow”.

Volvemos al centro y queremos insistir con el turco, que a estas alturas ya empezamos a pensar que ha muerto. Pero antes de eso, pasamos por un taller recomendado por una de las artesanas donde creo que alcanzamos el más alto nivel de fascinación. Se trata de una pequeña tienda-taller de encuadernaciones artísticas. La chica abrió hace apenas un mes, aunque lleva dedicada al oficio prácticamente toda su vida. Nos enseña muestras de su trabajo y volvemos a amenazar con volver. Nosotras este año, los regalos de Navidad se los vamos a comprar a toda esta gente, que se lo merecen, leñe. La chica dona una cajita muy maja con unas hojas y una mariquita. 

Y volvemos a la turco-shop. Ya es la 1, y allí le encontramos. Mi hermana le dice algo así como “hemos venido antes…” por no decirle “¿por qué has pasado de nosotras?” a lo que él dice “aham”. El caso es que es un señor majo y sonriente, así que le perdonamos el plantón, porque además dona un anillo en plata (para que luego digan algunos que no estamos en tiempos de hacer regalos ni buenas acciones) con una leyenda turca detrás. 

Cargaditas de regalitos ponemos fin a nuestra ruta fotográfica con un muy buen sabor de boca y la pena de que sólo nos falten un par de historias por escuchar y talleres por retratar.

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