Drogas duras: el café

El vino vuelve lista a mamá y esta semana he descubierto que el café me vuelve lista a mí.
Yo antes era bastante cafetera, pero llegó un momento en el que el café me empezó a hacer más mal que bien y decidí pasarme a las drogas blandas, como el té con leche. Seguramente no despierta igual, pero tampoco me pone tan nerviosa. 

Desde entonces, me he aficionado a los descafeinados de sobre (porque lo que es el sabor y sobre todo el olor del café, me siguen gustando muuucho), y, en ciertas ocasiones, a los capuccinos y al café verde. Pero algunos días mi cuerpo pide drogas duras, y una que no es de piedra, sucumbe a la tentación. No sé si me sugestiono para que sea así, pero si estás tiempo sin tomar café y lo tomas, el subidón-subidón es mucho mayor que cuando frecuentabas tomarlo por las mañanas y/o después de las comidas. Tanto es así, que el efecto es instántaneo y de larga duración. Vamos, que yo con una minúscula tacita aguanto carros y carretas. 

El martes no recuerdo por qué me dormí bastante tarde, y el miércoles la primera hora en la biblioteca se me cerraban los ojos delante de la Ley de Gobierno (¡cómo para no…!). Aguanté a duras penas hora y media y me bajé a la cafetería de la biblio. Como ya había desayunado me pedí un cortado, y el camarero, sabio como pocos, debió de ver en mi cara que lo que yo necesitaba era un buen chupito de café cargado a tope. Diez minutos más tarde ya estaba delante del tema 4, sacando conclusiones, haciendo esquemas súper profesionales y diciéndome a mí misma “yes, you can!”. Vamos, que estaba on fire, y de hecho así estuve durante dos horas más. Vamos, que me cerraron la biblio y yo seguía con ganas de más. Vino Mr J a buscarme, tomamos un pincho, fui a casa, comí, vi un capítulo de los frikis, estudié otro rato, me fui a clase, recibí una de esas noticias de bienymal, bajé a casa de Mr J, jugamos al trivial de la Constitución hasta que mis ojos dijeron basta tres o cuatro veces. Total: otro día que duermo 6 horas. 

Pero el jueves no me pilló desprevenida. Decidí no desayunar en casa, retrasando ese momento para disfrutar de un café graaande y activante. Y así fue que la primera hora estudiando los Derechos Fundamentales fue dura y tediosa, pero merecía la pena… había que esperar a las 11 a.m., ese maravilloso momento-café, rodeada de jubiletas que toman un vino tinto de la casa y un pincho de callos: el desayuno de los campeones. Y así fue. Café en vena y a darle duro, como si el examen fuera dentro de 2 semanas, como si no hubiera tiempo, como si realmente fuera a aprobar.

El viernes me resistí a caer en la tentación de nuevo. Me acosté algo más pronto que el resto de la semana, así que cuando mi despertador (el que se puede apagar) sonó a las 8 a.m. y el otro despertador (el que maúlla, tira cosas, me muerde, me pasa por encima… vamos, el que no se puede apagar) me obligó a levantarme, no me supuso tanto esfuerzo como otros días. No desayuné pensando en la cafeína de las 11, pero al final decidí que no, que tenía que ser lista por mí misma.

Y no salió igual de bien que el resto de días, he de decir :S 
Creo que el café y yo vamos a volver a ser buenos amigos…

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