Mi primer festival chispas

 (si se atreven con esto, respiren hondo…)
Nosotras no lo sabíamos, pero resulta que hace 17 años que un pequeño montón de gente se reúne a la verita de un castillo medieval a escuchar pop y pasarlo pirata. Yo me enteré cuando una de las estrellas del festival (que además lleva 10 años asistiendo al mismo, por si alguien no se había enterado todavía :P) me pasó el cartel de este año y rápidamente supe que podría hacer las delicias de mis amigas. Entonces decidimos tachar de nuestra lista de “cosas que hacer antes de cumplir los 27” lo de darlo todo en un festival, y nos pusimos a maquinar nuestro viaje al Contempopranea. 
No sabíamos ni dónde quedaba Alburquerque, ni qué meter en la mochila, ni siquiera conocíamos algunos grupos del cartel… ¿Solución? Búsqueda en Google Maps, vistazo a los looks festivaleros del momento, lista de Spotify compartida al canto y CD para crear ambiente en el camino. Próxima parada: la capital del Pop.
La escapada empieza como se podía intuir: quedada a una hora y salida casi 2 horas más tarde, maletero lleno y parada técnica nada más salir. Bajamos escuchando grandes temazos rescatados del ordenador de Anaí y cantando a voz en grito que nosotras no llevamos chándal mientras vemos cómo la temperatura va subiendo hasta llegar a los 40 grados. 
Por fin llegamos a la zona de acampada después de darnos un par de paseos por el pueblo conociendo paisanicos que nos indican cómo llegar a lo que parece la contraportada del catálogo de Primavera-Verano del Decathlon. Instalamos nuestro pequeño campamento intercalando fundidos a negro (será porque nos hemos bajado del coche después de 3 horas de viaje y nos hemos puesto a montar sin beber ni gota de agua ni pasar por el baño al típico momento refrescante que nos pedía la temperatura del lugar. We are strong). 
Distribuimos los chaletes y nos dirigimos a los baños a ponernos guapas para la inauguración del festival. Allí podemos comprobar que hay mucha festivalera experimentada, no sólo por la maña al usar el secador y las planchas en un espacio en el que hay otras quince tías dedicadas a lo mismo, sino porque llevan su propia regleta de enchufes para poder cargar el móvil mientras se ponen monas. Nosotras compartimos el rimmel como dentro de un poco compartiremos un kalimotxo, y eso también es muy festivalero. Y bonito, ojo, porque el momento reunión en torno a un litro y unos tomaticos también se hace bonito. Y divertido (quiéremeeeeee). 
La zona de conciertos está algo alejada del camping, por lo que atravesamos el pueblo, que resulta ser un escenario donde los foráneos toman algo rodeados de carteles a favor de las energías renovables y de apoyo al alcalde, que se ha puesto en huelga de hambre por la causa. 
Accedemos previo control de seguridad, y nadie nos registra la mochila ni nos pide que le enseñemos la muñeca donde lucimos la pulserita, porque es jornada de puertas abiertas y allí puede entrar cualquiera. De hecho, caminamos buena parte del paseo junto a un grupo de señoras que pensamos que no saben muy bien donde se meten (señoras que quedan para ir de festival).
Hay algunos puestos de ropa y merchandising, de comida y bebida y unos cuantos baños sin luz que huelen a canela (¿?). La zona del escenario es, sin duda, lo mejor. La acústica es muy buena pero su situación es incomparable porque en lo alto puede verse el “castillo de la media luna”, y eso le da un encanto especial al lugar. Cuando llegamos ya han tocado un par de grupos, pero llegamos justitas para bailar “sin mover los pies” como buenas chicas indies al ritmo de Rusos Blancos. Después le llegó el momento a Cooper, que empezó con una versión de “Qué nos va a pasar” de La Buena Vida, que pone los pelos de punta hasta a los que no controlamos de indie patrio. 
Y por fin conocemos un poquito más a Ellos, a los que teníamos muchas ganas de ver y que no defraudan a pesar de ese rollo raro-ambiguo que se gasta Guille Mostaza. 
La noche acaba temprano en todos los sentidos, porque aunque nos metemos en la tienda de noche muertas de frío y hacemos uso del saco que pensábamos que iba a ser simbólico, a las 9 de la mañana ya hay un sol de justicia que nos expulsa – a algunas – del asfixiadero de lona. Entonces nos unimos al desfile de modernetes-zombies que toalla en mano se traslada a la cafetería para desayunar y continuar – o comenzar – el sueñecito a la sombra que NO hay en el camping. 
Así descubrimos que los días son básicamente para la recuperación a base de gazpacho y chapuzones constantes. Y de pan con queso y tomate, of course. Vivan las dietas disociadas. 
El modus operandi nocturno vuelve a ser el mismo. Ducha tardía (que a primera hora hay atasco) rimmel y colorete, cenita sentadas en esterillas con vino y rumbo a casa de una gente muy maja que nos va a invitar a la bebida del verano: sandría. Llegamos por los pelos – aunque con mucha alegría – al concierto de Niños Mutantes, pero a tiempo de disfrutar de unos cuantos temazos – dedicación incluida para la Fabra -, entre ellos, como no, la canción errante
Y llega el momentazo de la noche: una breve sesión de los Chicos Malos que ya apuntan a que el final de la noche será muy divertido y la Casa Azul, que aparece en el escenario con “Los chicos hoy saltarán a la pista” para hacer su entrada, y continúa con tantos otros temazos como “Galletas” o “La Revolución Sexual”, y no nos queda más remedio que bailar y saltar como si no hubiera un mañana, con la consiguiente polvareda, que también es un clásico del festival (con todo lo que conlleva esnifar tierra a mansalva). 
Después de eso nos volvemos a la casa de la sandía donde elaboramos un montón de teorías con un montón de excepciones y a pesar de los mini momentos de apalanque pasamos un rato de lo más diver. Por cierto, ¿alguien en la sala no tiene un primo que se llame Daniel? ¿Y un tío que se llame Luis? Si la respuesta es no a ambas, ¿es que eres de Ávila? 
Y por fin llega el momento de la noche que esperábamos, porque el verdadero plato fuerte es el cierre de los Chicos Malos. Unas risas de show con final en el escenario – no yo, desde luego, a pesar de tener la manera legal y conocer la ilegal – bailando Saturday Night y el show de Xuxa. Colacao calentito al amanecer y al saco, aunque sea media horita y con una baja en nuestras filas. 
El sábado repetimos la operación piscina. Donuts, gazpacho y hoy, además, fumigador con diferentes posiciones adaptadas a los comentarios hirientes de algunos 😛 Me pierdo la partida al UNO y sigo sin poder dormir aunque Sandri lo ha conseguidoun ratete, pero no pasa nada. Hemos venido a jugar. Además de compartir los ratos con gente maja a última hora llegan refuerzos 🙂 La noche del sábado promete. 
Volvemos a vivir nuestro momento íntimo de la cena, que de verdad que es de lo mejor del día. Alguna que otra confesión, estrategias a llevar a cabo, comentar la jugada en general. Si es que mis amigas son lo más, coñe.
Llegamos al concierto de la Habitación Roja, que suenan bien y aunque no levanten pasiones entre nosotras yo les regalo los últimos minutos de mis 26 añitos. Con Amaral lo damos todo – yo hasta mi voz de los próximos 3 días –  y mira que les tenía manía a estos 2, pero el último disco motiva y está en mi lista RUN, así que el concierto  mola (a pesar de unas rubias estúpidas que sólo quieren hacerse fotos para el Tuenti y se pasean dando empujones y de los comentaristas de al lado: “si es que está guapa hasta agachá”, “bueno guapa no es, pero tiene tipazo”). Después  llega el primer turno de Javi Retrovisor, un dj con experiencia en eso de comer jamón en el backstage (10 años peloteando al tal Zacarías ya son muchos) y poner música indie en bares y eventos varios. Eso sí, lo de pinchar cumpliendo años pues era algo distinto, imagino. 
Tras media horita de buena música le llega el turno de Dorian seguidos de Sidonie, muy grandes ambos. Yo soy más de Dorian, pero sobre todo soy fan de las conversaciones sobre bodas con “La Mañana Herida” de fondo y de jugar a las películas/adivina el personaje (¡eso es un gnor!).
Acaban los grandes y el recinto empieza a vaciarse, aunque nos quedamos los incondicionales: es que lo mejor está por llegar. Después de The Wish, mi entrada fugaz al mundo del molar y dos regalos de cumple, llega la estelar aparición de Javi y sus Ibéricas. Es posible que no haya tanta gente como en el concierto de Amaral, pero los que están, lo dan todo. También es verdad que son las 6 y media del último día del festi, así que allí quedamos lo mejor de cada casa y, sobre el escenario, lo mejor de lo mejor. Así que nada: cartel de sin ti no soy sapa, quiero verte danzar y cumpleaños feliz para el number 31 y al saco (sí, aunque sean 5 minutos). 
Lo de dormir no sólo es imposible por el sol, sino por unos pesados que se ganan reencarnarse en bacteria de intestino con bandurria, así que recogemos el campamento, desayunamos lo que el cuerpo admite (tostadas gigantes – ¿qué le pasa a la gente en el sur con los desayunos? – o coca-cola a secas) y ponemos rumbo a casa con la misma música que llevamos 3 días oyendo, un montón de tonterías que comentar y las ganas de poder repetir el año que viene (quizá encima del escenario, si los malditos Sidonie nos dejan de pisar el numerito, hombre ya). 
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