Mirror mirror

Durante años he odiado los espejos. Me ha atormentado terriblemente mi imagen reflejada en ellos, será que me crié con el nomemiresnomemires y nunca me sentí lo suficientemente preparada para decirle a nadie – ni a mí misma – miraahoramirahoramiraahorapuedesmirar. 
Con el tiempo supongo que me he ido reconciliando con ellos y he aprendido a darles en cada momento lo que querían de mí. Ojeras al madrugar, una sonrisa antes de salir de casa, cara de cansancio después de un día duro. Derrota cuando las cosas no han salido como yo esperaba. Felicidad después de pasarlo bien. Firmeza antes de hacer algo para lo que sé que estoy capacitada. Nervios ante algo que hace que mi corazón vaya a mil, sea lo que sea. 
No he querido engañarles ni temerles más, y sin embargo, ahora tengo miedo a que se me contagie “el síndrome de la madrastra de Blancanieves”. 
Hace unos años abundaban los espejos que sólo te escupían tus defectos, y que lo hacían a traición, cuando menos lo esperabas. Serían cosas de la puber. Pero últimamente un nuevo modelo – creo que en pruebas – ha llegado a la casa de casi todo hijo de vecino. Me refiero a aquellos cristalitos que sólo dicen aquello de “tú eres la más hermosa del reino”, que es algo que siempre gusta escuchar, pero que no conviene oír demasiado a menudo. 
Que quede claro que estoy totalmente a favor de realizar diariamente los ejercicios L’oreal de porquetúlovales y todo eso, pero la línea que separa quererse con creerse algo que uno no es me parece – a veces – demasiado fina. Dicen que cada ser humano acoge en sí mismo dos imágenes: la que tiene de sí mismo y la que tienen los demás de él. ¿Qué pasa cuando estas dos no coinciden ni por asomo? Algo falla. Demasiado espejito-espejito. Poco contacto con la realidad. Perezón de personas. Uffquerollo total. 
Si algún día padezco de este síndrome; si algún día me creo más de lo que soy; o que molo cuando apesto; o simplemente, que estoy haciendo las cosas bien cuando las estoy haciendo como el culete; si algún día, queridos margaritos, me meto en la espiral de no escuchar y hablar sólo de mí misma; si dejo de preocuparme por los problemas de la gente que quiero y sólo me miro mi precioso ombligo; si algún día mido mi amor propio en likes y followers; si me creo excepcional entre una panda de mediocres; si creo que mi vida es apasionante y que la única emoción de los demás es tenerme cerca; por favor, pegadme. Ya he firmado un pacto de la galleta con mi hermana -que dudo que llegue algún día a padecer este síndrome- pero por si nos volvemos imbéciles a la par, por favor, queremos que alguien nos pegue o que nos regale un espejo nuevo.
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