Ojos que abrasan (y ojos que no)

Hay ojos y ojos. Miradas y miradas. Y ambos son cruciales según para qué. 
Miradas cuantas más mejor, aunque depende. Hay gente que no sabe mirar, o que no te mira como tú querrías. Y yo soy muy fan de una afirmación de mi amiga Anaí: “me mira y me gusta cómo me mira”. Porque no todo en la vida es poner ojitos. Es que te (los) pongan. Es que te guste que te (los) pongan. Hay ojos que están increíblemente vacíos, que no son anfitriones, que no te ofrecen asilo pero tampoco te quieren abandonar. No se mojan. No palpitan. No sienten. Son de mentira. Y jamás brillan (ni hacen brillar). 
Pero hay otros ojos que lo dicen todo. Lo bueno y lo malo. Hay ojos que abrasan. Y entonces lo de menos es el color, porque lo que importa es el reflejo. Es que te guste mirarte en ellos. Es que esos ojos se posen a gusto en ti. Que sepan reírse y demostrar su alegría. Que sean sinceros. Que digan me gustas. Que digan repetimos. Que digan quédate en ellos para siempre o hasta mañana, pero quédate. Que digan, simplemente, mírame.
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