De olores va la cosa

Los ojos. Los ojos me superan. Ya lo escribí el otro día y cada día que pasa me doy cuenta de lo visceral que soy cuando se me plantan delante unos ojos que transmiten. Sin embargo obvié que en mi familia tenemos la mala fortuna en muchos casos de gozar de muy buen olfato -que no de grandes narices- y que algunos aromas también me vuelven vulnerable, que otros me trasladan a escenas concretas, y otras me plantan junto a alguien, con quien no siempre quiero estar. 

El olor a bizcocho de limón me lleva hasta la cocina de mi madre, a su aguja para ver si está hecho y a su vestido viejo de estar por casa. El olor a castañas asadas me lleva muchos años atrás, cuando mi padre nos las compraba sólo para calentar los bolsillos en los días de invierno. El olor a lluvia me lleva a cualquier domingo más o menos triste, más o menos feliz, y a las tardes de setas. El olor a café a las mañanas de facultad en Salamanca y en el césped de Getafe, el cloro a Valdelagua, el de las mandarinas a quien las odia, los cominos al pantano, la menta fresca a Granada. El olor a chocolate caliente a la mañana de reyes, Les Belles a mí misma con 13 años menos, Lou Lou a quien fue mi mejor y peor compañera de piso, Loewe siempre a él, el agua de rosas casera a ella.

Y también hay olores que me vuelven literalmente loca, que se quedan en mi nariz clavados y me impiden pensar con claridad, que me alejan de cualquier ápice de raciocinio y me conducen a escribir este tipo de estupideces.

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