Esta no es una historia feliz

Hoy llegó a mi casa la última edición de la revista para la que colaboro. Ya he participado en varios números, pero por un cambio de dirección en el momento menos oportuno sólo recibí la primera, hace ya casi 2 años. Y ahora, ésta. Supongo que el resto de reportajes, como todo lo que he hecho, no ha quedado plasmado más que en Internet y en un pequeño espacio de tiempo. Efímero. Nada de trofeos que guardar en una vitrina, nada de vídeos que ver una y otra vez. La mayor parte de mis trabajos, de hecho, ni siquiera han tenido mi firma. Sólo yo sé que yo escribí un texto u otro, o que fui yo la que difundió tal cosa, monté tal web o quién sabe qué otro trabajo impalpable más. Cualquiera que no quede reflejado, que no perdure, que mis padres no entiendan ni tengan constancia. Pero hoy sí. Hoy ha llegado la revista con un artículo que escribí en septiembre, del que hablé en la mesa, en el que me tuvieron que ver trabajar. Bueno, quién sabe lo que hago yo delante del ordenador. Quién sabe si estoy en Facebook, investigando o escribiendo chorradas como ésta. 
Pero hoy ha llegado mi artículo. Firmado. No le ha hecho falta saber sobre qué he escrito esta vez. Ni siquiera ver la portada. Sólo el sobre. “Te han enviado la revista, ¿has colaborado? ¿Cuándo?”. Da lo mismo. Da igual si fueron cuatro páginas aburridas. Le he visto sonreír. Así, gratuitamente. Y se me ha ocurrido que eso es lo que yo quisiera de él cada día. Se me ocurre que yo podía haber tenido un futuro y mi padre una carpeta llena de recortes que empezaran con mi nombre y el lugar de redacción, como marca la norma. Se me ocurre que yo podría escribir estas líneas orgullosa de mi misma, se me ocurre que podría no estar llorando y tener un plan de vida en lo que siempre quise tenerlo en lugar de repetir consignas como “no busco realizarme profesionalmente” o “asumo que jamás seré lo que quería”. 
 Pienso muchas veces en todo este año porque es lo que toca en estos días. Y sólo puedo hacer un repaso de grandes hitos que no es que hayan marcado este 2012, sino que seguramente han hecho de mí una ¿mujer? nueva que no tiene nada que ver con la que era, que es reflejo de un 2011 que tampoco destacó por las buenas noticias ni las decisiones acertadas. Seguro que podría decir que este año he sido feliz, porque lo he sido. Lo he sido gracias a ellas, sobre todo. Lo he sido en el mar. Incluso en los breves momentos junto al río, en soledad. Y sin embargo hay algo que ya no será nunca lo que era, un punto de no retorno, un quiero y no puedo tatuado en la frente y en los labios. 
Y aunque aquí, en el último párrafo, lo que corresponde es una frase de auto-animo o algo que haga que parezca que nada de esto me importa y que me repondré, que todos saldremos adelante, que conseguiremos nuestros sueños, que arreglaremos los corazones que quedaron hechos añicos, lo cierto es que hoy no lo creo así, así que este texto sólo puede terminar con el nudo en el estómago que ha dejado la sonrisa de mi padre, que es quien hoy quizá haya visto un pequeño rayo de esperanza que en realidad no existe. Porque seguramente, nunca ha existido. Al menos no para mí. Y no sé por qué.
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