2012 en letras

Hoy es un obligado día de repaso en esta eterna semana de refritos. Los grandes momentos del 2012. Lo más leído. Lo más visto. Lo más descargado. Lo más comentado. Las mejor vestidas, las peor vestidas. El top 10 de vídeos de gatos en youtube. Todo lo que se os ocurra es susceptible de entrar en un repaso anual. Y las grandes esperanzas en el 2013, porque ya eso de las supersticiones nos da hasta igual. “Tal y como están las cosas” esto no puede ir a peor. 

Podría, un año más, hacer un repaso de un año de mierda o de un año genial, porque según como se mire todos los años son un poco de cada cosa, pero a mí me gusta reflejarme en mis lecturas, e invitarme a mí misma a seguir llenando mis noches y viajes de historias.

Veamos, ¿dónde me quedé? ¡Ah sí! Con Almudena, que abre y cierra ciclo one more time. “Inés y la alegría” me acompañó durante un par de meses. La historia, como todas las que cuenta la Grandes – o casi todas, va – es absolutamente estremecedora. Tiene pasajes que desearías no haber leído, párrafos que te hacen vivir casi en primera persona situaciones durísimas, y otros en los que te cambiarías sin dudarlo por la protagonista. Si algo tienen sus novelas es que, por lo menos a mí, antes o después, en mayor o menos medida, me ponen los pelos de punta. Y aunque os parezca una tontería, no es nada fácil esa tarea. Y menos “en los tiempos que corren”.

Aún así admito que en cierta manera le puse los cuernos a la Grandes con Albert Espinosa. Las mañanas de biblioteca me obligaban sin yo quererlo a pasearme entre las novelas y como soy una ansiosa, no pude evitar leerme la mitad de “Si me dices ven lo dejo todo pero dime ven” de pie delante de la estantería, y terminarlo esa misma tarde en casa. Al devolverlo tuve curiosidad por conocer más de este autor, que si bien no es algo fuera de serie – en lo literario, al menos -, algo se removió en mi interior al leerle. Y encontré “Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo”, y lo tuve que coger. Además, mi madre, también de carácter ansioso con la lectura y el chocolate, lo compartió conmigo. Cuando yo me marchaba de casa ella venía a mi habitación y continuaba por donde lo había dejado. Leer libros a medias con mi madre es un vicio confesable. 
Ambas novelas son de lectura fácil, son historias llenas de peculiaridades y en general buen rollo. En parte llegué a creer a través de los personajes de ambas –  muy distintos aunque inevitablemente hijos del mismo padre- que todo es posible, que hay historias que tienen estrella y bla bla bla. Y entonces me di cuenta de que me faltaba leer el final de Inés. Y tuve miedo. Temí por ella. Temí por él. Temí por todo. Y aunque lo quise mandar a la nevera no soy de dejar libros a medias y poquito a poco, cada noche, lo terminé. Y sí, lloré. Así soy yo. 
Entre las estanterías de la biblioteca y en una época en la que me sentía un poco huerfanita como dice mi hermana, cometí el error de adoptar por unos días “Ya no sufro por amor” de Lucía Etxebarría. Y digo que fue un error porque ya había desechado ese libro hace unos cuantos años, porque la autora no me termina de gustar así en general y porque seguro que era el momento menos indicado para este tipo de afirmaciones. Aún así, y por algún tipo de dogma interno, lo acabé – en diagonal – y no, no me solucionó la vida sino seguramente todo lo contrario. 
Entonces, como el séptimo de caballería apareció mi hermana con “La evolución de Calpurnia Tate”. Y yo, que siempre confío en ella a pesar de lo que pudiera parecer con aquella historia de chinos, me entregué por completo a esa niña pizpereta amante de la naturaleza y los animales. Y admito que fue como bañarse en un lago de agua helada. Incluso cuando lo acabé, en mitad de la Gran Vía de Madrid con todos sus ruidos y contaminación, y con el siguiente libro ya latiendo en mi bolso, me sentí en medio de un prado, acariciando la hierba con mis dedos ;). 

A la mañana siguiente, delante de un café en el Starbucks de Plaza España comencé “Rebelión en la Granja”, que fue mi adquisición de este año en el día del libro. Era una lectura pendiente desde hace tiempo y supongo que sobra decir que es una de esas ideas que no pasan de moda, que puede adaptarse a cualquier tiempo y que merece mucho la pena. Me quedó pendiente la peli, a ver si para este 2013. 

Después de esto quise hacerme un poco de daño con una recomendación de un blog que sigo, que hablaba de “Postdata: te amo” como una chik lit que llegaba muy adentro y que bueno-bueno, lagrimones por doquier. A ver, la historia no está del todo mal, una pánfila super enamorada de su marido que es el hombre ideal pero que muere y le deja regalitos que tiene que ir abriendo cada mes. Promete lágrimas, pero no está muy bien llevada. Tiene sus momentos y me encantó que el final no fuera lo que se venía gestando, pero vamos, ni fu ni fa. De la película ya ni hablamos. Aparte de que la historia es lejanamente parecida tampoco pone los pelos de punta, por mucho que alguna amiga mía acabe con todo los paquetes de kleenex del lugar. 

Viendo que las historias sentimentales no me tocaban ni lejanamente la fibra volví al cinismo, que lo trabajo mucho mejor. Y me leí “Yo, mi, me… contigo”, de David Saifier, autor también de mi archirecomendada “Maldito Karma”. Era una apuesta segura. La historia de una mujer que acaba en el cuerpo de Shakespeare sonaba rara no, lo siguiente, y a mí me picaba mucho la curiosidad no sólo de la historia, sino de la narración en sí. Magistral. Carcajadas incluidas. Claro que al lado del mar, todas las lecturas parecen siempre buenas, pero apostaría a que a día de hoy, lejos de aquellos días y del sol, me seguiría pareciendo fetén. 

Como no me duró más que un viaje en avión y un par de de días en la playa, tuve que sacar mi segunda opción (hay que ir siempre preparada ;)), recomendación de mis padres y una de las revelaciones literarias de este 2012 según creo. Me refiero a “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”. Es increíble cuántas historias esconde ese libro y lo divertidas que resultan casi todas las situaciones, que cabalgan entre lo histórico y lo absurdo. A pesar de que devoré con mucha ansia el principio, al regresar a tierras agrestes decidí bebérmelo en pequeñas dosis, por lo que lo alargué todo el verano. 

También le puse los cuernos con el que me faltaba de leer de Espinosa, “Los amarillos”, que no es una novela al uso, sino una serie de “enseñanzas” que fue recopilando cuando tuvo cáncer y que posteriormente plasmó en forma de capítulos. No está mal para leer poco a poco, a ratos, porque es de esos libros que si sabes elegir el momento te puede aportar mucho y si no, cero patatero. 

Una vez que acabé con las historietas del abuelo me entregué a los artículos de revistas indexadas y a Saramago. Quería terminar con la racha de libros que me parecían bien pero que no me transmitían demasiado, romper esa barrera y demostrarme a mí misma que no soy un robot. Escogí “Ensayo sobre la ceguera”, que todo el mundo me había dicho que era impresionante y que mi madre ni siquiera pudo terminar. Y sí. Parece que no pasa nada pero pasa. Y que así sin diálogos ni nombres no vas a entrar en la historia, y de repente estás rodeado de ciegos en un lugar que da pena. No es una buena lectura de cama, al menos para mí, porque me daba mucha angustia y luego me costaba un buen rato relajar las palpitaciones y dormir.

Y por fin llegamos a fin de año con ella, mi favorita, la grande, la Grandes. Hace un par de semanas empecé “El lector de Julio Verne”, que fue el regalo de mi padre por el día del libro, y con el que recibiré este año. 

¿Propósitos literarios? Leer más, sobre todo. Devorar un par que tengo pendientes de hace tiempo, recuperar mi libreta de recomendaciones y dejarme llevar por los libros que me susurren “read me” en la biblioteca al más puro estilo Alicia.
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