¿Sorpresa? ¿Pero eso qué es lo qué es?

“Pero ya somos viejos de ‘lo nuevo’: nos hemos acostumbrado a las sorpresas e incluso las mayores maravillas, las más increíbles conquistas, nos parecen cosas triviales que no merecen más que un día de gloria en las páginas de los periódicos y los telediarios”.
Comunicación en el diseño gráfico, Juan Martínez-Val
Llevo días (quien dice días dice meses e incluso años, oh my god!) pensando en las características esenciales de éstamigeneración, esas que nos definen, esas que nos hacen caer en fenómenos como el ola k ase o el harlem shake. Puede que seamos una panda de mojigatos que nos amparamos en que somos unas víctimas -la generación perdida- para justificar comportamientos más propios de niños de 5 años que de personas adultas. Puede que este afán por el existencialismo y esta adicción a la autoflagelación tenga que ver en muchos casos (en el mío concretamente al menos) con la maldita crisis de los 27, esa etapa en la que, como todo el mundo sabe, uno se plantea cosas intensasquetemeas llegando a una situación de asco y desencanto de tal magnitud que sólo parece poder arreglarse mediante el suicidio, la sobredosis o la estupenda combinación de ambos. Yo, que no soy una estrella del rock ni creo que llegue a serlo en los próximos meses, estoy investigando junto con mi hermana -una superviviente- otros modos de superación que no impliquen necesariamente la muerte ni el consumo de sustancias ilegales. Ya os contaremos nuestras conclusiones al respecto.
El caso es que pensaba yo que aparte de lo llorones que somos, creo que somos la generación menos impresionable de la Historia de la Humanidad (y esto lo sé no porque me haya leído muchos libros sino porque la he vivido entera pasando de un cuerpo a otro, chavales. La reencarnación existe, pero eso ya os lo cuento otro día). Nos decía un profesor de Periodismo Científico en la uni que hoy en día nadie se plantea demasiado ciertas cosas: nos llega un e-mail y nos parece lo más normal y nadie se para a pensar en cómo es posible o en el avance que supone tal cosa. Todo lo que no podemos o sabemos explicar parece suceder por arte de magia, pero la magia tampoco nos impresiona. Qué más da si el Bosson de Higgs es el descubrimiento del siglo o si ha nacido el primer bebé libre de padecer el síndrome del niño-burbuja. Todo nos da igual y nada es capaz de desencajarnos la mandíbula (excepto que hagan el whatsapp de pago). 
Pero ya no es que no nos impresionen estas nimiedades, es que no nos conmueve nada ni nadie. Todas las personas que pasan por nuestra vida parecen las mismas repetidas una y otra vez a lo Show de Truman, así como cada uno de nosotros forma parte del decorado archiconocido del resto del mundo. Total, todos peinamos canas y hemos tenido millones de experiencias de todo tipo como para que venga alguien a cambiarnos el mundo. Eso es impensable. No somos capaces de empatizar con las desgracias ajenas, ni de ponernos en el lugar de nadie, ni de pensar que al final, por mucho ser humano aparentemente idéntico con el que te hayas cruzado en tu vida, todos somos únicos e irrepetibles. Puede que al perder esa capacidad de sorpresa hayamos perdido también la ilusión. O puede que sólo sea mi crisis de los 27, que me hace pensar que todo apesta y que absolutamente nadie -ni siquiera yo- tiene nada de especial.
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