Gafotas

Mi abuela solía repetirle insistentemente a mi madre “esta niña no ve”. Entonces mi madre me preguntaba “hija, ¿no ves?”, a lo que yo respondía que veía perfectísimamente y dábamos la conversación por finalizada. Ella se fiaba de mi palabra, nuestro vínculo madre e hija salía reforzado y volvíamos a sentir el fantasma del cordón umbilical. Todo cosas buenas. Mi abuela recalcaba “esta niña no ve” intentando entrar en una conversación bucle y echar la tarde, pero rara vez sucedía tal cosa. Si yo decía que veía es que veía; no había necesidad de que mi madre insistiera ni de que yo volviera a mentir. Las cosas en mi familia son así. Es más, diría que todas las familias funcionan parecido, pero es algo intuitivo y para nada empírico. 
¿La verdad? La verdad es que no veía un pimiento, que entrecerraba los ojos al mirar la televisión de una manera tan natural como inconsciente. La hipótesis alternativa venía de la mano de mi tía, que decía que eso de entornar los ojos lo hacía porque me molestaban los colores y la luz en general como concepto porque se me estaban aclarando los ojos, que eso ella no lo ponía en duda. Así que ahí estaba yo, sin ver tres en un burro pero con la esperanza de una adolescencia con unos ojos verdes que te mueres. 
Llevé en secreto mi camino a la miopía todo lo que pude. La tele dejó de ser un problema en comparación con el tema de la pizarra del cole. Me alié con quien pude para que me dictaran las sumas, restas y demás operaciones que nos encargaban copiar para hacer en casa de deberes, pero debe ser que la profe escogió de libre elección “Investigación Criminal y derivados” porque no tardó en pillarme en mi engaño. Para que luego digan que la carrera de magisterio es un pinta y colorea… Ella no se conformó con el interrogatorio light al que me sometían periódicamente mi madre y mi abuela. Cuando le aseguré que paranadaenabsoluto tenía yo problemas de visión no se quedó satisfecha. Otra de sus asignatura de libre elección debió de ser “Iniciación a la oftalmología y caza de posibles miopes embusteros”, ya que me sometió a la típica prueba de leer letras diminutas a una distancia exagerada y claro, caí en su trampa. Hay que morir matando que diría aquel, así que me inventé todo lo que pude, pero con muy mala fortuna porque no coló. Al día siguiente llamó a mis padres para informarles de su hallazgo, tan orgullosa como si hubiera descubierto la cura contra la estupidez crónica. 
Qué decir de aquella tarde, de aquella reunión, de aquel aquelarre. A mí obviamente me dejaron aparcada en el pasillo, como siempre que se iba a hablar de cosas interesantes sobre mi persona. No sé si pasaron veinte minutos o tres años porque a esas edades el tiempo es una cosa super relativa y directamente proporcional a lo que te aburras. Todos mis amigos se habían ido a sus casas a merendar, ver los power rangers y vivir su infancia con total y despreocupada felicidad y mientras yo, maltratada, sentada en las baldosas heladas fabricando traumas irreversibles mientras esperaba mi sentencia. 
Siguiendo con la dinámica de no comunicarse tan inconfundible en mi familia, no me dijeron nada ni por el camino ni al llegar a casa (cuando digo nada es nada, no creáis que mantuvimos alguna conversación del tipo que sea; mis padres lo del suspense se lo toman en serio, que no son ni eran principiantes). Al día siguiente, sorpresita: 
– Vamos a visitar a un señor que te va a mirar los ojos
– ¿Por qué? 
– Porque no ves 
– Sí veo 
– No, no ves 
– Sí, sí veo 
– No, no ves 
– Sí, sí veo 
– …. 
Y con estos argumentos tan currados y categóricos por ambas partes estuvimos debatiendo hasta llegar a la consulta de aquel señor (con gafas) que te va a mirar la vista porque no ves, que sí que veo, que no, que no ves. Que conste que me comporté como una auténtica señorita cuando me hicieron mirar un globo estúpido que se enfocaba y desenfocaba estúpidamente y cuando me pusieron un telescopio en cada ojo mientas me hacían repetir vocales que ni formaban palabras ni ná (cosa más absurda…). Yo, que era una personita optimista e ingenua, pensé que aquella iba a ser toda la humillación, pero lo mejor estaba por llegar: “esta niña necesita gafas”, (que es la manera amable de decir, para quien no lo sepa, “su hija es un auténtico topo”). 
Tragedia griega. Llanto. Amenaza de suicidio. Más llanto. Existencialismo al máximo. Súplicas. Chantaje emocional. Más llanto. 
Next stop: la óptica, también repleta de trabajadores con gafas porque esa es la manera de vender un producto bien, cuidando los pequeños detalles. Allí me hicieron creer que no sólo no era el fin del mundo usar gafas, sino que era molón-que-te-mueres y que yo, buenobueno, iba a ser la sensación. Desconfié de las palabras de aquellos adultos hasta que empezaron a desfilar gafas rosas ante mí y entré en el juego de cumplidos y artimañas comerciales. “¡Qué bien te quedan estas!”, “¡pero qué guapa estás”, “¡todos tus amigos van a querer ponerse gafas, se van a morir de envidia!”, “¡las llevan todos los famosos!”, “¡es el complemento del año!”, “¡está súper de moda, es súper hipster…”… Ay no, perdón, esto último no lo dijo nadie, pero era el mensaje implícito que he entendido tras años de reflexión. Está claro que eran unos visionarios en aquella óptica. Y sí, amigos, yo era inocente… y les creí. Mucho. Muchísimo. Demasiado. Tanto que al día siguiente al entrar en clase estaba tan en mi nube que el primer “¡gafotas!” me pilló desprevenida. 
Con esto quiero decir única y exclusivamente que arrastro desde aquel día un deseo casi incontrolable de tirar las gafas por el wáter. Ni moderneo, ni gafapasteo ni hipstureo ni leches. Yo sigo odiando llevarlas, y eso es así (y también sigo pensando que la gente me va a gritar “¡cuatro ojos!”, qué pasa). 
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2 thoughts on “Gafotas

  1. Pues con gafas estás bien ggggguapa. Que además está súper de moda y un día deberíamos salir en modo modernitas con nuestro gafapastimo real, ea (que mira que hay gente que lo finge, y a nosotras no nos hace falta).

    (¿Así, mejor? 😛 )

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