Just sometimes I feel brave

No hay una gran cena de despedida de lo viejo, ni tampoco una fiesta hasta el amanecer para comenzar el ciclo, pero ahora empieza todo. Toca despedirse del verano, de las minifaldas y las tardes de piscina, de dormir con la ventana abierta, de los amigos a los que sólo ves en agosto, de las noches de cerveza en la calle, del calor que agobia y la chaquetita para cuando refresca, de la esperanza de que septiembre traerá reencuentros además de las conocidas despedidas. 
Septiembre amenazaba con ser respuesta y desafío, un lugar en el que quedarse y mirar al horizonte mientras las piezas volvían a encajar unas con otras sin mi ayuda. La ilusión y el pánico se enfrenten a muerte para marcar un final y un millón de inicios. Toca elegir entre sujetar el cuchillo con los dientes y correr hacia la señal luminosa que advierte de un peligro inminente o meterse en la cama y esperar a que pase el huracán que recoloque aquello que jamás debió moverse; entre permanecer en una zona de confort muy poco confortable y acampar fuera cuando hay previsión de tormenta. 
Sólo una de las dos opciones tiene como recompensa el sonido de la lluvia y la bofetada de olor a tierra mojada (y caracoles) al despertar. 
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