El carril bici

Cuando empecé a usar el carril bici de manera habitual lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de personas que, teniendo un hermoso trozo de acera en paralelo, elegían el susodicho para sus paseos. Acudí inmediatamente a un experto en la materia, mi padre, que me dio su punto de vista al respecto: como es verde a las señoras les debe parecer que es como caminar sobre hierba. La hipótesis me pareció altamente razonable, sin embargo, más por obligación que por amor a la ciencia, proseguí con mis investigaciones. Atravesé entonces una segunda fase de enfurruscamiento un día que casi atropello a un perro hueleruedas porque a su dueña le parecía oportuno pasear por allí con él (la hipótesis de la hierba one more time). Mi padre, que ya se olía la tostada, me regaló entonces un timbre que utilizar sólo en defensa propia (él me dijo que lo usara sin ningún miedo, pero yo decidí darle una vuelta algo más zen al nuevo accesorio, que todo sabemos qué difícil es no volverse agresivo con un arma estridente tan a mano…).
 
A pesar de que quizá todos los pasos apuntaban a que un buen día una revelación tipo Sterling me convertiría en la vengadora del carril bici, con capa verde, arma-timbre y antifaz con forma de bicicleta, lo cierto es que tras superar varias fases y dedicar grandes períodos de observación desde el punto de vista del ciclista y también como peatona que soy, he llegado a la conclusión de que hay que amar el carril bici tal y como es, porque es plural y cosmopolita, porque, amigos, el carril bici es la versión mejorada de la ONU. En él tienen cabidas todas las razas, religiones y edades, acepta a todas las especies por igual, pone sobre su humilde suelo a quinquis de Pizarrales y de Puente Ladrillo, a señores con gorra-visera de Caja Rural, a chiquillos sobre vehículos imposibles, a padres primerizos, a madres embarazadas de quintillizos, a señoras con el pelo tipo casco color rubio-señora que piden cuarto y mitad de carne picada en la carnicería, a familias enteras de gitanos, a insoportables cuarentonas que le dicen a sus hijos que se aparten “que estos de las bicis van como locos”, a parejitas que se cogen de la mano, a adolescentes cuyos ojos viven enamorados de las pantallas de sus móviles, a señoras con carritos de la compra de los que asoma un ramillete de acelgas.
 Amemos el carril bici. 
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