El mote

Yo siempre quise tener un mote. Y una hermana pequeña a la que putear. Y un pueblo. Y una talla menos de pantalón. Y una casa con escaleras de caracol. Pero hoy quiero hablaros de lo primero. ¿Por qué una persona quisiera para sí misma un apodo? En primer lugar porque piensa que va a ser algo cariñoso y bonito, cosa que atendiendo a la naturaleza humana pasa en un 5% de los casos, ya que en el 95% restante ese pseudónimo no hace sino poner de relieve esos aspectos más abochornantes de uno mismo (veáse el albóndiga, el lupas, el paella); y/o en segundo lugar porque te da personalidad y te convierte en un ser único e irrepetible (al menos en tu pandilla, que ya sabemos que todos los grupitos tienen su gordo, su chino, su negro, etc. Se me ocurre que podría haber convenciones estatales en las que se juntaran todos estos personajes para conocer a sus análogos y charlar sobre su condición o hacer cosas de gordos, chinos o negros. Qué sé yo). Yo siempre quise un mote para molar, básicamente.

Empecemos por el comienzo. Mi nombre sucks. Un respeto para mi sister que decidió a su tierna edad de 4 añitos (más mona) ponerme el nombre que tengo por una pelirroja de una serie de la época a la que admiraba porque era guapaguapísima y a la que 28 años después sigo sin poner cara (un aplauso para mi hermana -que tiene un nombre guay que todo el mundo recuerda*- y una memoria de elefante). 
Yo siempre quise tener un mote chachi para no tener que estar recordando a todo el mundo quién soy y cómo me llamo, como el que mucha gente arrastra muy a su pesar incluso cuando llega a una edad adulta y quiere deshacerse de él, y sus amigos insisten en seguir presentándole como “el flecos” (siempre recurrente) poniendo muy difícil ganarse el respeto en círculos nuevos. A mí eso jamás me pasó. En el colegio tuve el miedo de que ese mote definitivo fuera “gazpacho” o “pachorra” (los inteligentes juegos de palabras con mi apellido) o incluso “zanahoria” (hubo una época –quizá una semana, pero con 10 años todo se magnifica a lo GH- que en clase me llamaban así y recuerdo que me molestaba muchísimo porque sospechaba que tenía algo que ver con mis dientes -que ahora luzco orgullosa (previo paso por dentista) a pesar de no tener la sonrisa ideal- o con mis pecas –que también odio, sí-). 

En el instituto, la creatividad iba en el mismo sentido: mucho gazpacho y pocas nueces, vaya. Así que desistí. Asumí que ya era tarde para fraguarme una personalidad y que tendría que vivir con mi nombre feo, que todo el mundo tiene (pero que cuando mi hermana me lo puso nadie se llamaba así, ¿eh?) y que además nadie recuerda (modo Calimero on). Sin embargo, con el paso de los años y sin querer, he ido dejándome apodar cosas de lo más peregrinas en según qué grupos. En la uni, mis pintas de pseudoemo y mi apellido (una y mil veces) hicieron que mis compañeros dieran con un nuevo juego de palabras: mapacho (ole), a lo que se sumó “Sarirrín” (gracias a una parodia compartida sobre la Pantoja y su retoño) y ya finalmente “chori” (en honor a un niño al que le echaban la culpa de todo porque las liaba pardísimas; esto era compartido, que conste). 

Para los amigos de mi hermana pasé a ser simple y llanamente “la hermana” (y a ella le pasó lo mismo en mi grupo de amigos, claro. Lo de los motes compartidos tiene su aquel), otros personajillos me apodaron “Supernena” o “SN”, para otros he sido -¿soy?- “estrellitas” y desde ayer en mi trabajo mi jefe ha decidido que soy “mimosín”. Y esto último prefiero no explicarlo. 

*Un día os contaré algo acerca de mi invisibilidad vs la supervisibilidad de mi hermana y de cómo conseguimos 20 euros con ello. La historia transcurre en México y hay una brasileña, un grupo de gays animadores y delfines. Decidme si no promete

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2 thoughts on “El mote

  1. No puedes contarnos todo el rollo calimero para que sepamos que ahora te llaman mimosín, Y NOS DEJES SIN EXPLICACIÓN. Odio supremo.

    En mi móvil sigues siendo “Sari Pétalo”. Por si te sirve.

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