Febrero es el mal

Febrero no es un buen mes. Me gusta echarle la culpa a cosas que no está en mi mano cambiar; en parte me alivia y en parte me da material para enrabietarme sabiendo que se escapa de mi jurisdicción. 
Digamos que me he levantado un tanto escéptica respecto a mi escepticismo. No sé si eso se puede, a mí me ha salido natural. De hecho ya me acosté un poco así, y una noche de viento, frío, fantasmas y llamadas sonámbulas sólo me ha puesto en un lugar aún más incómodo desde el que volver a plantearme casi todo. Y eso que hace un tiempo decidí dejar mi vida en manos del destino, algo que siempre he criticado muchísimo de otras personas, pero que una vez sometido a un ensayo de prueba he podido comprobar que resulta bastante más cómodo que andar planteándose cosas, tomando decisiones y demás. Gracias al dios-destino una se libera de la frustración y de la pena cuando las cosas se tuercen y se prepara para afrontar que es posible vivir totalmente al margen de cualquier capacidad emocional y/o relación afectiva (whatever it means). 
Como he dicho, febrero no es un buen mes. Febrero es capaz de acabar con todas las corazas, de poner en jaque la indiferencia, de convertir cualquier paisaje en un páramo desolador, de retar a la tranquilidad que da el destino como proveedor irrevocable de lo que sea que te merezcas. 
Febrero es el invierno más puro, febrero es abandono, es duelo, es esa espina que se te atraganta. 
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