El engaño de la vocación

Siempre he tenido ciertos prejuicios con la muy digna aspiración de ser auxiliar administrativo. Ahora que el karma me ha castigado obligándome a entrar en ese saco no puedo evitar justificar mi decisión cada vez que alguien se interesa por el examen que se supone que estoy preparando. Primero la excusa, después una oda a la titulitis y por último recalcar que esa no es ni será nunca mi profesión, sino una vía para pagar el alquiler, las fiestas y las cosas. 
¿A qué vienen mis prejuicios? Después de reflexionar muy mucho sobre el origen de este rechazo he llegado a la conclusión de que se debe a la creencia – carente de justificaciones y cero empírica – de que las personas que con dieciocho primaveras decidieron pasar de la Universidad y dedicar un año o dos a aprender Office, mecanografía y demás están vacías de inquietudes y que lo eligieron básicamente por la comodidad (que no por el dinero, que suele ser lo habitual): 8 horas sentado con pausa para el café y poder comer en casa a diario algún plato cocinado la noche anterior, de segundo un filete y de postre una pera. Pero es que además es la vía más directa para conseguir hipotecarse la vida cuanto antes, casarse, el coche, el adosado en Castellanos de Moriscos, los niños, la semanita de vacaciones en agosto en Benidorm, el cajón donde guardar las ofertas del Día. Todo ventajas.
Cuando pintaba en mi mente esta vida llena de gente muy plana y aburrida, me imaginaba a mí misma siendo la más guay del lugar, viviendo sola en una buhardilla descuidada-aunque-con-encanto en el centro, teniendo gatos y una bici con cestita y timbre, con un trabajo algo estresante que me obligara a comer un sándwich y tres cafés frente a un folio en blanco porque ese artículo es “para ayer” y no doy con el enfoque perfecto, y juntando, con suerte, un par de días para ir a Barcelona, que es de lo más cosmopolita y tiene mar. 
Pero una se hace mayor y le da por invitar a dialogar a los prejuicios arbitrarios y a sus sueños absurdos y, por lo que sea, no le salen las cuentas. Nos la han metido doblada con esto de las vocaciones, que aunque suena muy bonito al final son sólo una senda hacia la alienación de la que se supone que huimos los que vamos de espíritus libres que no queremos que nada ni nadie nos ate. Hemos dejado que nuestro trabajo nos defina más que cualquier otro aspecto de la vida, hemos puesto en manos de un empleo la realización personal, hemos decidido que triunfar en la vida era eso, muy por encima del amor romántico o de lo que se supone que nos marca la biología (y pongo los dos extremos a pesar de toda la gama de grises que debe existir entre ambos porque en este mundo funcionamos de una manera muy dicotómica y no seré yo quien lo cambie con esta mierda de post). 
Hemos ido de listos, amigos, y total para qué si ya sabemos que ni el talento ni el esfuerzo se valoran como nos vendían nuestros profes del cole, que basar nuestra felicidad en alcanzar ciertas metas es un suicidio y que las frutraciones llevan a la ira y la ira al odio y ya sabemos dónde acaba todo eso.
El otro día mi tío suspiró, creo que con esa pena de mi entorno a la que empiezo a acostumbrarme, que cuánta gente con dos carreras hay trabajando de administrativo. A lo que yo, o esta frustración cortesía de “los tiempos que corren”, contesté: “y de reponedor en el Mercadona”. Y date con un canto en los dientes si pasas la entrevista, a pesar de tus dos carreras.
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