BS Los rechazos

No sé si soy sólo yo, es algo generacional, o simplemente consecuencia de escoger un determinado modo de vida, pero hace mucho mucho tiempo que encajo mejor las despedidas sentimentales que los rechazos profesionales. En paralelo, me dedico a predicar que el trabajo no es lo que nos define y que la vida está para disfrutar con la gente que nos hace sentir cosas bonitas (ois), porque realmente lo creo aunque muchas veces evalúe mi existencia a partir de éxitos (pocos) y fracasos (casi todos) laborales. 
Será que en las relaciones – si es que merecen ese apelativo – que he tenido últimamente ha existido una especie de pacto tácito gracias al que es más fácil asumir un adiós ya sea tajante (hasta aquí) o diluido en el tiempo (así). Es decir: nos conocemos, nos gustamos, nos lo pasamos bien. Pero estamos de paso. Este no es mi destino: tú no serás mi hombre, yo no seré tu mujer. Tú vas buscando otra cosa, otra manera, otra persona que no soy ni quiero ser yo. Así que cuando tal cosa, tal manera, tal persona aparezca, me echaré a un lado y te desearé mucha suerte en tu aventura. Alcanza tus metas, cumple tus sueños, que triunfe el amor y todo eso. 
Pero debe ser que con los trabajos no he perdido la capacidad de enamorarme, y eso que tampoco encajan nunca al 100% con lo que busco, casi siempre implican alguna renuncia y más de un sacrificio y amenazan con maltratarme por contrato a tiempo parcial o completo. El caso es que después de un “no eres tú, somos nosotros” o el mítico “podemos seguir siendo amigos” una se siente absolutamente pequeña -muy a pesar de ir más que mentalizada del portazo en las narices- y necesita terapia, amigas, chocolate, ropa nueva, qué sé yo. Lo que sea que me invite a pensar que mi “trabajo azul” está al llegar y que todos los que me han dicho que no es que no me merecían y que ellos se lo pierden. 
Qué difícil es a veces mantener la pose de tía dura e inquebrantable. Quizá tenga que ver con el despliegue de virtudes que una hace en el curriculum y lo poco que se curra lo de venderse ante un tío. Es más fácil encajar rechazos a lo que no se ofrece que asumir un no cuando prometes entregar tu alma.
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