Te has enamorado del malo, imbécil

Volver. Revolver. 
Allí los minutos dan para todo y a la vez se pasan volando, sin darte tiempo a reaccionar, sin darte un respiro para parar y pensar a dónde vas. Las calles y sus gentes te llevan sin que te importe a donde vas, sus paredes te escupen más información de la que te da tiempo a procesar, “la vida es un metro a punto de partir”. Todo lo que sucede es carne de narrativa, es trama, es historia, es inspiración. Vuelven a mí las ganas de todo, el entusiasmo y el amor –whatever it means-, y no me importa que se acompañen de soledad, tristeza y nostalgia. Ya conozco esa combinación y sé digerirla. Todo lo que tenga que sucederme tendrá que ser en Madrid. Ese es mi hábitat. – ¿Eres de aquí? – No, pero vamos, que sí. 
Las estupideces preocupaciones que viajaron conmigo a la ida se quedaron por el camino. A la vuelta soy otra, la de siempre, la de allí, la auténtica, la que se mueve hasta quedar exhausta, la que se muere por vivir hasta morir. Tengo tantas cosas que pensar, que reír y que llorar que estoy bloqueada, con esa calma furiosa tan característica, la misma que empieza a apagarse al entrar en casa, la que termina de joderse cuando decido – no sé aún por qué- conectarme al mundo, al que ahora es mi mundo.

De repente las decisiones firmes se tambalean y los buenos ratos se alejan hasta el punto de no existir: una sensación más fuerte que cualquier otra cosa y lamentablemente conocida vuelve a asaltarme por sorpresa, se me agarra al corazón y me golpea hasta ejarme sin fuerzas incluso para dormir.

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