Este es el momento más esperado del año y no otro

A mi alrededor la gente planea sus 15 días vuelta y vuelta en Matalascañas, su escapada anual al apartamento de siempre en Conil o su momento de alternar paella y tinto de verano en Denia. 
Yo tengo otra fecha marcada a fuego en el calendario. No se me ha dado muy bien hacerme adulta, así que no sé conducir ni llevar tacones ni suelo tener vacaciones pagadas que signifiquen atasco en la A3 – cantidades ingentes de sol – gazpacho en vena – cantidades ingentes de alcohol – atasco de vuelta en la M40. 
Yo espero todo el año ese momento en el que lleno la mochila de pantalones cortos, camisetas de tirantes y chanclas y me voy a echar unos bailes antes de desayunar galletas con mermelada. 
Sí, amigos, soy una niña más – de las más infantiles, seguramente -, porque aguardo con la misma ilusión que se espera a sus majestades los Reyes Magos de Oriente el momento del campamento.
Y es que en los últimos años – por cosas de hacerse mayor que no adulta ni respetable – he aprendido lecciones de gran valor que he decidido tomar como dogmas: desconectar a menudo significa conectar, agotarse cargar las pilas y tener miedo ser muy valiente. Merece mucho la pena dejar por unos días la vida adulta, apagar los telediarios, olvidarse de las facturas y jugar a que la vida es un juego. 
Ser niño significa tener la obligación de ser feliz y que lo normal sea sonreír. Cuando estoy de campa me pregunto cómo dejamos que eso no sea una necesidad el resto de nuestra vida. Es el momento del año en el que me puedo permitir reírme a carcajadas, ser espontánea y natural y llorar de la risa en público. Es el momento del año en el que se me erizan los pelos del brazo con canciones que por mí misma jamás hubiera escuchado, en el que se reciben los abrazos más honestos, en el que me doy cuenta de que la mayor parte de lo que me preocupa el resto del año apenas importa. Es el momento del año en el que da igual pasado mañana y antes de ayer, en el que da lo mismo todo lo que no tenga que ver con hablar cantando y contar chistes malos – los mismos años tras año. Es el momento del año en el que me junto con gente que me pone el corazón tan contento que me pregunto cómo es posible que pueda sobrevivir el resto del año sin su compañía.
Es así que pase lo que pase, siempre me atrevo – y creo que me atreveré – a volver. 
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