Porque sí

Hay una escena de Big Fish que siempre me ha resultado muy encantadora a pesar de lo moñas. Es esa en la que el prota describe el primer encuentro con el amor de su vida, y cómo el mundo se para cuando éste aparece.

Hace aproximadamente un año escribí un post sobre una pregunta que amenazaba con ser trending topic en las reuniones familiares. Pues bien: este año vendrán otras conversaciones incómodas o simplemente no muy deseables, pero esa no.

Este año, hace 10 meses ya, una noche cualquiera y contra todo pronóstico me sucedió como a Edward Bloom: el mundo se paró y en el medio de esa vorágine de frustraciones, precariedad y soledad detenidas por un momento se quedó él, con una sonrisa amplia y anfitriona y la mirada más limpia que he visto en mi vida.

Todos mis esquemas se cayeron como un castillo de naipes, pausada y dignamente. Supongo que cuando esto te pasa no tienes elección: tienes que dejarlo ser, como si fuera una especie de dulce condena, algo que se ha inscrito en tu ADN a lo que sencillamente no puedes renunciar porque ya forma parte de ti.

Según fue avanzando el tiempo recuerdo que mi hermana me preguntó, supongo que sorprendida por el transcurso de los acontecimientos, qué tenía él que no había tenido ninguno de los anteriores. Por qué él y no otro. Es algo contradictorio, pero es verdad que sucede que cuando alguien lo es todo no te salen las explicaciones en modo de lista. Es, simplemente, porque sí.

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