El Día de la Marmota

Phil sale de su madriguera y me dice que llevo tiempo atrapada en un calendario gris y que cada mañana no amanece con el Día de la Marmota, pero que el peso de la rutina sigue ahí. Pero no de la rutina de hacer todos los días lo mismo, sino la de los pensamientos recurrentes que cada noche me acechan cuando estoy tan agotada que solo quiero cerrar los ojos. El sentido del humor se extingue, pero hay ideas que no te dejan ni a sol ni a sombra. Es francamente demoledor tener que lidiar a diario con el qué nos va a pasar (a tantos niveles).

En el metro un hombre canta que times they are a-changin’. A mi lado hay una chica hablando por teléfono. Le cuenta a alguien que ella y toda su pandilla han decidido irse de Erasmus el año que viene, cada uno a un sitio. Que uno de sus amigos ha elegido el mismo destino que ella, pero que han dicho que allí no se van a ver. Al otro lado del teléfono alguien le pregunta qué pasa con Jose y ella dice que no le preocupa, que él ha hablado de ir a verla y que a ella le interesa más irse de Erasmus. “Además, queda un año. La vida da muchas vueltas”.

Quisiera ser esa chica. O haberlo sido.

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