El bus de vuelta

Cuando subo al bus me doy cuenta de que hoy ya es mañana y veo la fecha. 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer que se quitó el apellido de trabajadora y que cada año tiene que explicar la razón de su existencia, soportar felicitaciones y agobiarse con el camino que queda por recorrer no sin echar un vistazo atrás para valorar los logros. Todo eso.

El caso es que yo subo al autobús y pienso en una conversación que he tenido un poco antes con gente de “la profesión” sobre la diferencia entre la vuelta a casa por la noche de un hombre y la de una mujer. Me ha llamado la atención una anécdota que ha contado ella y que no voy relatar porque no es mi intención quitarle la exclusiva, cuya frase final a modo, quizá, de conclusión ha sido: “tenía 14 años y esa fue mi primera agresión sexual”. Lo primero que me viene a la cabeza es la idea – o el deseo – de que ella no haya sufrido ningún episodio de violación, pero enseguida me doy cuenta de que la palabra agresión, así tan fuerte como me ha sonado, engloba mucho más de lo que yo a veces, tan corta de miras, he podido pensar. Y no será porque no haya reflexionado sobre este tema mil millones de veces ni porque no haya hablado con otras personas sobre la enorme amplitud de la palabra violencia concretamente en este sentido.

Enseguida una escena acaba con mis divagaciones nocturnas: detrás de mí se sube un chico que rápidamente se sienta junto a una chica que viaja sola de vuelta a casa mientras enreda con el móvil. No tarda en preguntarle si habla francés en esta lengua. Una vez. Otra. Otra. La chica levanta la cabeza, le mira, vuelve a sus cosas. Un déjame-en-paz en toda regla que no debería ni hacer falta. Pero él no se da por vencido e insiste en castellano. Comienza a proponerle cosas: salir, beber, el rollo de siempre que le sueltas a un desconocido cuando viajas por la noche en autobús de vuelta a tu casa. Lo típico que hacemos todos. Y, sobre todo, todas.

Yo les miro desde no muy lejos y hay una parte de mí que quiere acercarse a decirle que está molestando a la muchacha y que siga a sus cosas, pero siento miedo o vergüenza, así que lo único que hago es intercambiar miradas de empatía con ella. Al menos, pienso, sabe que no está sola.

Al rato él entiende (¡por fin!) que ella pasa de él y decide dejar su asiento. A cambio se sitúa de pie en una posición desde la que la mira incesantemente, algo más alejado, pero ahí. Mi parada es la siguiente, pero no me quiero bajar. Miro alrededor: al otro lado del pasillo donde está sentada ella hay una pareja heterosexual que también ha contemplado la escena. Ella se ríe y comenta que el chaval no ha tenido suerte, que esta noche no va a mojar.

Llego a mi parada. Ella sigue escribiendo en su móvil. Quizá le cuenta a alguien lo que pasa. Quizá a ese alguien le parece, por lo habitual, normal.

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