Ahora que (aún) calienta el corazón

Yo tampoco sé qué tiene el otoño que además de agitar a los árboles altera a las pobres almas en desgracia que empezamos a prepararnos durante esta estación para sobrevivir al invierno que se nos viene. Los meses de frío son tan largos que es normal sentir la llamada de la tristeza y la nostalgia cada vez que el sol se esconde cuando aún quedan tantas cosas por hacer que no haces porque ya es de noche, y hace frío, y estás triste. Ese maldito bucle.

Y sí, un verano también puede ser solitario y realmente insufrible. El sol ayuda pero no garantiza la felicidad. Por eso, puestos a lloriquear por las esquinas, mejor hacerlo con la nocturnidad precoz de las tardes de otoño, mejor en las mañanas que suena el despertador y no hay ni una sola cosa que te ayude a comenzar el día con una sonrisa, mejor ahora que entonces que era casi obligatorio estar contento (pero no había motivos para estarlo).

Y no, lo contrario de estar triste no es necesariamente estar alegre. Lo contrario es probablemente estar en paz, no pelearse con los recuerdos que más que acariciar te golpean, no preocuparse demasiado por esas metas que no alcanzas, no obsesionarse con los “qué hubiera pasado si hubiera hecho/dicho/sido esto o lo otro”.

Aprovechemos el otoño entonces, como decía el bueno de Benedetti, “ahora que calienta el corazón aunque sea de a ratos y de a poco, pensemos y sintamos todavía con el viejo cariño que nos queda”.

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