Ven a jugar

Yo siempre he dicho que el tiempo no iba a condicionar mi estado de ánimo, pero este invierno tan largo y tan frío me está haciendo cambiar de opinión. En el fondo no estoy inventando nada: he puesto todo mi odio en el mes de febrero para descargar de culpa a la siguiente estación. Toda mi pena, mi rabia y mi frustración al 23 rojo, por favor. Me da igual perder porque al llegar la primavera ni me acordaré de mi ruina.

Es un mecanismo de evasión de sobra conocido en el que todos participamos. Nos encanta entonar el carpe diem, pero a diario esperamos a que llegue la hora de abandonar la oficina, cada lunes pensamos en el viernes y durante todo el año soñamos con las vacaciones de verano. Saltamos de plan en plan como si fueran casillas en el juego de La Oca, pero incluso cuando nos divertimos y avanzamos somos conscientes de que podemos caer en la cárcel y perder un turno que dure unas horas, siete meses o hasta que alguien nos rescate, meternos en un laberinto que nos obligue a retroceder o nos atrape indefinidamente o, lo peor de todo, caer en la calavera y tener que volver a empezar o decidir abandonar la partida porque total para qué.

 

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