Crash

Me rasgué el menisco interno de la rodilla derecha haciendo el Camino de Santiago. Recuerdo perfectamente la etapa en la que me hice daño como recuerdo también la anterior porque ese alto, el de O Cebreiro, es probablemente uno de los lugares más majestuosos que he visto en mi vida. Una no se lesiona tumbada en el sofá, pero tampoco allí siente el placer de haber conseguido superarse a sí misma, ni siente la lluvia en la cara, ni el frío en los huesos ni el confort de tomar un caldo caliente para celebrar la pequeña victoria.

Cuando me dijeron cuál era el motivo de mi molestia tomé por primera vez en mi vida conciencia de que hay cosas que son para siempre. De que hay cosas irrecuperables. Tenía 26 años y todo lo que me tenía que pasar en la vida estaba a punto de comenzar – casi como ahora -, pero la doctora me dijo que tenía que parar algo que empezaba a formar parte de mí y que con los meses se convertiría en buena parte de mi esencia. Porque a mí no me define mi nombre, ni mis ojos, ni mi estatura, ni mi voz. A mí me definen las cosas que me entusiasman, las que me obligan a vivir intensamente, las que me quitan el miedo, las que me hacen sonreír el tiempo que sea (un segundo, 10 minutos, 3 años).

Aquella doctora me dijo que ya no podía volver a correr. También que no me convenían los ejercicios de cargar peso, ni nadar a braza, ni ir en bicicleta (solo la estática, ¿hay algo más aburrido?) y que tenía que tomar unas pastillas desde entonces hasta el fin de mis días. Salí del centro de salud y me puse a llorar como si tuviera 5 años. No se lo quise contar a nadie. Ya sabes: si no lo cuentas, no está pasando. ¿De verdad a los 26 años ya había cosas que no podía volver a hacer?

No me conformé con sus recomendaciones de “curarse en salud” y siempre lo he dicho con gran orgullo. Decidí que aquello no podía ser el final y me empeñé en seguir entrenando para ser fuerte y poder vivir con esa lesión irreparable. Siempre me ha hecho falta muy poco para empoderarme, me he creído una superviviente y he buscado la motivación debajo de las piedras. Menuda gilipollez.

Y entonces, crash. Vuelve el dolor y vuelve el miedo, claro. Es la destrucción que no construye, es la pérdida que no se cura, es una herida que no sana. Es aceptar la decadencia, la debilidad de los cuerpos (por no hablar de la de las almas) y enfrentarse, de una jodida vez, a lo que lo que ya no podrá ser. A lo que ya nunca podrá ser.

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