Con parte de las historias

Una de las cosas más bonitas de la infancia es sin duda la cómoda ignorancia en la que vives. No se trata de algo elegido, sino de algo que te viene de serie, algo que te impide hacerte preguntas más allá de tus límites de pequeño saltamontes. Cuando yo era (más) canija me entusiasmaba con cosas que no entendía y me daba exactamente lo mismo. Más o menos como ahora, pero con más naturalidad y menos arrugas.

Como sigo siendo un poco infantil me hace mucha gracia desmontarme mitos a mí misma y ver con mis ojos nuevos lo que ya vi con mis ojos de topo cuando era una niña.

A día de hoy  me defino fan absoluta de Mafalda. Y digo absoluta porque mis padres, muy progres ellos, compartían con mi hermana y conmigo las tiras de la hater de la sopa como si fueran un cómic más. Imagino que como tenían dibujitos pensarían que le íbamos a encontrar la gracia a pesar de no ser precisamente simples. Vamos, que yo nunca he sido la más lista de mi clase, pero no me da vergüenza decir que con 5 años no tenía ni pajolera idea de lo que era la ONU. No importaba: devoraba todos los libros como Burocracia se comía su lechuguita. Una y otra vez.

“Sonrisas y lágrimas” era una de las películas favoritas de mi madre y la veíamos muchas veces. Muchísimas. Montones. A mí me entusiasmaba porque había una monja que luego pasaba de ser monja y un montón de niños vestidos con cortinas que se lo pasaban pirata canturreando por los campos. Yo quería cantar. Todo el rato. ¿Qué más había que entender? Eran razones de peso suficientes para ser fan. Bien es verdad que luego había una parte turbia con unos señores bordes y pesados que les perseguían y ellos tenían que huir con nocturnidad de un festival que tenían claramente ganado. Pero todo eso, ¿qué más daba? Do es trato de varón, re, selvático animal…

También tenía una parte muy oscura que a mí se me escapaba E.T., el extraterrestre. Bueno, para empezar el bicho me daba una especie de miedo-pena que mantengo a día de hoy y que no cuadraba para nada con la que creo que era la idea de Spielberg de hacer un compañero entrañable. Entrañable. JA. Lo que a mí me llegaba de esta película era la historia de una pequeña criatura amante de los lacasitos, los disfraces y la cerveza que tenía que esconderse en casa de una familia porque la gente no iba a entender qué hacía en nuestro planeta. Hasta ahí todo genial. Lo de los señores astronautas que se lo llevan y lo convierten en un higo de esos blancos de Navidad pues ya no. No lo entendía, pero eso no era impedimento para que me diera muchísimo miedo.

A día de hoy me sigo quedando solo con parte de las historias. Con la buena, a poder ser.  Sigo teniendo una mente muy simple que no entiende de estrategias (por eso se me dan tan mal las entrevistas de trabajo), ni de picardía (por eso se me da tan mal ligar) ni de engaños (por eso me va como me va).


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