El chico del tren

El tiempo real no existe. Como el sueldo de Bárcenas también todo sucede en diferido. Por eso asusta tanto el ahora, lo que está pasando, lo efímero, lo que no vuelve. No podemos capturar la esencia de la vida aunque creamos que una foto y un texto pueden conseguirlo; no podemos tenerlo todo aunque esté al alcance de nuestras huellas dactilares y, no, la eterna disponibilidad no existe porque de lo contrario sería una locura estar vivos.

Parece que me estoy poniendo profunda pero en realidad he pensado todo esto porque hoy también he coincidido con el chico que me gusta en el tren y le he sentido más inalcanzable que nunca. No porque estuviera lejos – estaba justo a mi ladito en el andén –, sino por la imposibilidad de saber quién es, a qué se dedica, qué hace en su tiempo libre y, sobre todo, si se quiere casar conmigo.

Como ya os estaréis imaginando esta frustración también es culpa de Internet (como casi todo lo que pasa en nuestras vidas desde hace unos 10 años aproximadamente) y de las puñeteras redes sociales, que más que a arreglarnos la vida han venido a implantarnos patrones de comunicación e interacción social de los que ya es imposible escapar. Estamos presos y aquí no hay lima ni plano tatuado en el cuerpo que valga para huir.

¿Quién no se ha enamorado alguna vez de un desconocido con el que no ha cruzado ni media palabra? Te pasó en el parque cuando eras un pobre púber, en la facultad cuando descubriste todo un mundo de posibilidades lejos de los feos de siempre del instituto, en la biblioteca cuando cualquiera te parecía más atractivo que los apuntes y, por supuesto, un clásico: en el metro. Hacías tu pequeño trabajo de investigación con el único afán de coincidir más a menudo: dónde se suele sentar, a qué hora para a tomarse un café, en qué vagón parece que acostumbra a subirse. En el mejor de los casos te conformabas con saber su nombre para poder ir a grabarlo en un árbol dentro de un corazón. Eras feliz.

Pero los tiempos cambian y la información que te da la vida real ya no es relevante ni precisa y cuando te encuentras a un desconocido que te gusta se te ocurren un millón de cosas que asustarían a los guionistas de Black Mirror y te quedas tan pichi.

El cuerpo te pide stalkeo puro y duro no solo para saber si está en tu mercado (lo más básico: misma orientación sexual – misma ausencia de compromiso con otra persona) sino también qué series sigue, a quién retuitea, si sube fotos horribles / desenfocadas a Instagram, quién es su favorito de Masterchef, si pone faltas de ortografía, si le gusta el trap o si es un nostálgico de El Canto del Loco. Necesitas conocer algo más para decidir si supera la primera fase en el concurso Hombre De Tu Vida o tienes que pedirle que recoja sus cuchillos y se vaya a formar parte de la colección de tíos mediocres. Unfollow. Next.

Pero son las 8 de la mañana, no te has tomado ni un triste café y no puedes saber nada más que lo que tienes delante: es tu vecino, fuma y previsiblemente hacéis la compra en el mismo sitio. Esa es la ficha y el escenario es el cercanías. No hay más que un entorno muy poco amable en el que soltar a bocajarro todas esas frases ingeniosas que has pensado porque, aunque Internet haya arrasado con buena parte de nuestras existencias, algunos – entre los que me incluyo – seguimos mejorando con la versión en directo, sin filtros y con arrugas.

Así que nada, decidido: mañana me lanzo. Despliego mis encantos. Le muestro mis cartas. Me acerco a él y, sin tartamudear ni despeinarme el flequillo le pregunto: “Perdona, ¿tienes fuego?”. Aunque yo no fume. Aunque no se pueda fumar en el tren. Y si con eso no se enamora perdidamente de mí… pues yo ya no sé qué más puedo hacer.

 

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