Perseide

En mi familia siempre nos ha gustado mucho mirar al cielo. Si hay algo que recuerde especialmente de las noches de verano de mi infancia es estar tumbada en la carretera escuchando a mi tío explicarnos las constelaciones a todos en el pueblo o cuando, después de cenar, mis padres mezclaban leche fría con Nesquick (en mi casa siempre fuimos de Nesquick) en un termo, nos metían a mi hermana y a mí en el coche y nos llevaban a algún montecito cercano a ver la lluvia de estrellas.

Puede que cuando somos pequeños todo nos parezca mágico. A mí las perseides me siguen resultando algo asombrosamente increíble. Como no tengo ningún conocimiento científico me impresionan los fenómenos naturales como este que siempre se repite por estas fechas. Para todo el hemisferio norte. Todos los años.

Me gustan los conceptos constelación y estrella fugaz. También me gusta que se les llame lágrimas y que se puedan pedir deseos. Me gusta jugar a atraparlas, pensar que si logro verlas son para mí, que podré acariciarlas y contarles más sobre lo que he deseado.

Nunca lo he hecho pero creo que me gustaría quedarme cazando perseides hasta el amanecer, escuchando los grillos, sorprendiéndome cada vez que caiga una (¡mira, mira, mira!), pensando que, cuando comience el día, cada pequeño fulgor que he tenido la suerte de ver pasar a unos 50 kilómetros por segundo, será mi guía, mi norte, mi flecha, mi dirección.

Es el momento de avanzar: apaga las luces del universo.

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