La pulsera

Suelo quitarme la pulsera de los festivales el mismo día que llegó a casa. Ducha y tijera: vuelta al mundo real y adiós a vivir de concierto en concierto y de cerveza en cerveza. No me cuesta ni me da pena. Corto y guardo junto a las demás en mi cajita de recuerdos. Punto.

Hoy me he quitado una pulsera que llevaba en mi muñeca más de 2 años. Estaba ya desgastada pero, sin necesidad de reforzar el nudo ni una sola vez en este tiempo, ahí se mantenía, como la última superviviente en mi brazo.

No hace tanto llevaba mis muñecas repletas de pulseras. Daba igual si una se rompía porque tenía más. Algunas tenían un valor especial, otras eran simple relleno. No me las quitaba para nada hasta que un buen día decidí empezar a dejarlas en la mesilla por las noches y una mañana, no sé cuándo ni por qué, no me las puse más. Únicamente sobrevivieron dos – una de cuentas de plástico y otra de tela – que una noche de verano en el norte les compré a unas niñas que las vendían para financiarse un viaje a no sé dónde (¿Port Aventura?). No eran especialmente bonitas – de hecho no lo eran -, pero fueron siempre un símbolo.

El día que tuve que limpiar las huellas del desastre una de ellas se quedó conmigo. De la otra fue relativamente fácil deshacerse: antes de pensar demasiado lo que estaba haciendo y por qué ya estaba guardada bajo llave junto otro montón de cosas que no he querido volver a mirar desde entonces. Pero la otra, descolorida y con mil nudos, continuó atada a mi muñeca derecha, la que me ordena que escriba, la que me sirve de ilusión y de ancla. Allí se quedó, atándome a algo que ya debería haber soltado.

Llevaba semanas pensando en deshacerme de ella, pero, ¿dónde y cómo perderla? Me hubiera gustado que fuera un accidente, como pasó con otras. Despertar una mañana sin ella, sentirla romperse por el desgaste, dejar que se cayera sola en cualquier lugar. No sabía si debía ser yo misma la que se soltara de ella. Le he dado demasiadas vueltas a dónde hacerlo. Soy tan supersticiosa que ya todo me da miedo. ¿Atarla a un árbol cualquiera? ¿Dejarla en algún sitio especial para mí o que fuera digno de aquel final? ¿Tirarla sin más a la basura y renunciar a cualquier resquicio de melancolía?

Han hecho falta un mal día y dos vinos para hincarle los dientes y deshacer uno a uno los mil nudos que me ataban a ella sin pensarlo demasiado. No he querido ni buscar la caja donde está su compañera: aún siento miedo de abrirla. Ha terminado en un cajón junto a otras cosas viejas más o menos útiles que me resisto a tirar. Sé que es solo un lugar provisional, que no es el que se merece, pero lo urgente era desengancharme de una vez.

¿Soy un poquito más libre ahora? No lo sé. Apenas hace 12 horas que no la llevo y aún siento su fantasma, pero no me preocupa: sé que es solo cuestión de tiempo.

 


One response to “La pulsera

  1. Por qué es tan fácil para otros desprenderse de todo lo que ha significado algo para ellos, así como si no hubiera tenido importancia, como si el olvido no les preocupase. Como si el hoy y el mañana eclipsase todo sentimiento de nostalgia.
    Ojalá a mi, a ti, nos resultase tan fácil.

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