La boca del lobo

No sé a quién contarle esto. Llevo un rato con el móvil en la mano, repasando mis contactos. ¿Se lo cuento a una amiga a quien solo haga falta decirle “lo he vuelto a hacer” o a una que no conozca la historia y me permita cierto margen narrativo que no me deje tan mal?

En realidad, no hay mucha más manera de contarlo: estoy otra vez ahí dentro, en la boca del lobo. La conozco ya como la palma de mi mano y desde que empecé a sentirme mal no he encontrado mejor cobijo que este. ¿Seré tan adicta al peligro que es lo único que me calma?

No se puede decir, de verdad, que no haya probado con otras mil opciones a priori ganadoras. Terapias. Cervezas. Viajes. Carreras. Noches. El macramé. Nada me vale: el peligro sigue ahí. 

El caso es que sí, que lo he vuelto a hacer. Me hubiera encantado encontrar refugio en lugar más amable y también menos conocido, pero me gusta elegir el camino chungo – ya lo conozco – y reencontrarme con los animales salvajes, esos que un día te saludan y otro te echan la zarpa. Son presas de su propio instinto: ni siquiera les puedo culpar.

Es una estupidez, una huida hacia adelante pero mal, un salto al vacío para curarse del vértigo, un suicidio emocional. Me resulta divertido reencontrarme con esta sensación tan absurda, tan insensata e imprudente. Tan mía.

Me pregunto cuántas veces voy a apostar por lo que sé que está perdido.

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