Este es el mejor momento del día

Hace un par de años, al meterme en la cama cada noche, pensaba: “este es el mejor momento del día”. Al recordarlo ahora he pensado que aquello que yo me decía como consuelo, como mantra, como ansiolítico, era en realidad muy triste.

Entonces pasaba los días haciendo todo el rato cosas que no me apetecía hacer. Siempre con mucha prisa. Con desgana. Muy poco centrada. No disfrutando con nada y pensando “esto también pasará”.

Odiaba el trabajo que tenía: me sentía muy fuera de aquella manera de organizarse y eso me frustraba. No había posibilidad de crecer ni de aprender más. Solo veía la opción de acomodarme y eso nunca ha ido conmigo. No concibo la vida sin buscar.

Tenía la suerte de rodearme de gente muy alegre con muchas ganas de reírse de la vida, de hablar de todo y de hacer bromas sobre cualquier cosa. No puedo decir que no disfrutara con aquello, pero mi circunstancia impuesta, esa maldita situación o ironía del destino, no me daba un respiro. Tenía que obligarme a sonreír y casi a diario me escondía en el baño a llorar como si fuera una niña pequeña que no entiende qué pasa ni sabe cómo enfrentarse a algo nuevo y doloroso. Me estaba rompiendo por dentro y tenía que parecer estable. Tenía que ser ancla, faro, vela y todas las cosas que impidan que un barco hundido vaya a la deriva.

Cada tarde, al salir de trabajar, comenzaba la contrarreloj auto impuesta. Tenía mucha prisa por llegar a mi casa. Allí, tenía mucha prisa por ir al gimnasio. En el gimnasio tenía mucha prisa por terminar. Solo quería que llegara la noche para descolgar el teléfono e intentar ser luz. Cuando esa llamada terminaba el mundo se me caía encima de nuevo: otra vez quería que el tiempo pasara rápido. Corriendo hasta el viernes. Hasta el domingo. Hasta el martes por la noche. Hasta el día siguiente a la misma hora. Lo que tocara.

Durante meses tuve la sensación de que, con esa prisa por fundir aquella etapa terrible, se nos estaba yendo la vida y el amor, pero cualquier decisión era una maldición en sí misma. Susto o muerte: ninguna tenía un desenlace feliz. En cierta manera, la suerte estaba echada y yo, tan ciega, tan entusiasta, tan optimista, me negaba a aceptarlo.
No había opción de elegir. De escapar. De huir hacia adelante (mi especialidad). Lo único que podía hacer era intentar determinar cuál de todas las maneras que podía haber de salir de aquello era la menos mala.

Si el miedo paraliza, la angustia ni te cuento.

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