Nutria

Hoy me han contado que las nutrias duermen de la mano. Se colocan boca arriba, cierran los ojos y dejan que el agua las acune siguiendo su curso. Por eso se agarran a su pareja: para no amanecer solas, a la deriva.

Yo no conozco el amor indestructible. Cuando era una adolescente una amiga me dijo que jamás me casaría porque no era capaz de enamorarme. Esta frase me ha taladrado desde entonces.

Cada vez que me he equivocado o que alguien ha señalado como algo positivo mi independencia, mi espacio imperturbable, mi estar bien sin necesidad de nadie, me ha venido a la cabeza esta reflexión externa. ¿Cuánto tiempo hace que voy a la deriva creyéndome la dueña de mi rumbo? ¿Por qué nadie me sostiene?

Ser salvaje – supongo – no significa necesariamente prescindir de los apegos. También es salvaje entregarse. Cuidarse. Quererse.

Que se lo digan a las nutrias. A los lobos. A los pingüinos. A los cisnes. A los caballitos de mar.

Supongo que es lo que todos buscamos en mayor o menor medida: saber que al despertar – tras la noche, tras la siesta, tras un letargo sin fin – habrá alguien cogiendo tu mano.

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