Por pedir que no sea

Cuando era pequeña los veranos eran eternos. A estas alturas ya estaba aburrida de vacaciones. Quería septiembre, actividad, ruido. Quería no estar sola. Supongo que de niños los días parecen periodos demasiado largos.

Ahora me faltan horas, días, meses. Incluso, de vez en cuando, un par de minutos – por pedir que no sea.

Siento vértigo y no tengo más remedio que disimular los ataques de pánico que me produce el paso del tiempo, el miedo que me supone el futuro, lo asquerosamente supersticiosa que me he vuelto con lo de hacer planes.

He comprado dos billetes de bus de vuelta y uno de (hu)ida al norte y me he dado cuenta de que me ha pasado este año también: he completado el calendario.

Me había prometido echar el freno, escuchar a mi cuerpo, volver a encontrar la calma. Vivir sin prisa, poner límites, disfrutar el momento. Centrarme en lo que hago: leer, entrenar, escuchar a alguien o mirar al infinito. Entregarme al silencio y a quien se lo merezca. Descubrir las bondades del resto.

Ser buena persona.

Dejar de estar triste.

No esperar nada a cambio.


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