Lugar feliz

Cuando empecé a practicar yoga me hablaron del “lugar feliz”, un sitio al que recurrir en algunas meditaciones en busca de la esperada calma. Una amiga ya me había explicado este concepto en la adolescencia, además de ofrecerme un hueco en el suyo. Aprendí entonces dos cosas: la importancia de tener amigas que se ofrezcan a acompañarte cuando vas sola y, a la vez, la urgencia de tener mi propio lugar feliz. 

No me fue difícil encontrarlo. Soy muy simple: agua salada, sol, montañas, silencio, luz ,calor. El escenario perfecto.

Con el tiempo, he ido ampliando mis lugares felices para tener donde escoger y he extrapolado el concepto a personas que son o fueron hogar, que me hacen sentir tranquila, equilibrada o alegre.

Ha sido sin querer o a la fuerza, según se mire, pero en los últimos años me he ido vaciando hasta el punto que incluso mi lugar – persona feliz es ahora mismo inhabitable. Pensé que jamás pasaría algo así: siempre tuvo sus goteras, sus sombras, sus defectos de estructura, sus pequeñas incomodidades… Pero es que a mí me gustaba así. Lo perfecto me produce desconfianza y amar los defectos es mi especialidad. Este modelo no es ni ha sido nunca sostenible en el tiempo, obviamente.

¿Qué se hace cuando ya ni siquiera puedes recurrir a ese sitio en el que estar destrozada pero repleta de amor? 

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