Refugio

Es difícil no tener refugio. Quiero decir: lo raro es no tenerlo. Llámalo familia, llámalo alcohol, llámalo Netflix. Siempre hay algo que te abraza, que te acoge, que te resguarda del mundo hostil. A veces, cuando pienso que no tengo refugio me digo que soy el de mis gatos y me siento un poco mejor. Algunos casos quizá son así, unidireccionales. Yo qué sé.

No me sorprende no tener refugio. Quiero decir: tengo las manos cubiertas de espinas. Quien se atreve a sujetarme acaba invadido por su propia sangre y volviendo a su refugio – el que sea. A veces, supongo, la fragilidad se transforma en coraza o, en mi caso, en algo peor. Más dañino, más cruel, más despreciable. Yo qué sé.

Me gustaría encontrar un refugio. Quiero decir: ¿a quién no? Si hay algo que penetre más que la soledad es la sensación de orfandad. A veces, sin embargo, juego a creer que no hace falta, que se puede vivir sin refugio siempre y cuando estés dispuesta a enloquecer. Yo qué sé.


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