Los mejores años

Desde hace tiempo tengo la certeza de que ya he vivido los mejores años y que todo lo que queda a partir de ahora es desconsuelo, apatía y muerte (todavía me cuesta escribir esta palabra).

Intento no recrearme en la nostalgia – es cálida pero incómoda y resulta aburrida hasta para mí – pero a la vez me resulta complicado pensar en el futuro. Lo que queda por venir no parece del todo favorable y cada vez existen menos clavos ardiendo a los que agarrarme.

Me niego a distraerme del presente con mi yo del pasado. No quiero pensar más en cómo era, en cómo vestía, en cómo besaba, en cómo se ilusionaba. ¿Se puede acabar con uno mismo, con la parte que fue y no será jamás? No sé cuándo empecé a romperme. No sé cuándo dejé de ser atractiva.

A menudo caigo en el placer culpable de imaginar mi vida en paralelo. La de noches que me utilizo nuestro cuento para dormirme: es divertido y a veces confortable, pero volver a la realidad es duro. Como cuando te pasas con el alcohol: en el momento todo suena fascinante pero a la mañana siguiente el cuerpo lo sufre y la huella del ridículo es imborrable.

Me pregunto muy en serio si esto ya es para siempre.


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