¿Por qué no yo?

Por una parte me dieron ganas de preguntarle por qué no yo. Al fin y al cabo es lo que siempre he querido preguntar pero nunca me he atrevido: qué es lo que me convierte en la no prioridad. O qué es lo que tienen quienes sí son primera opción, quiénes son si tú me dices ven lo dejo todo, quienes contigo pan y cebolla, quienes yo contigo hasta el infinito y más allá. 

¿La sensación de abandono es para siempre? ¿Sería posible este relato desde un lado que no fuera el del perdedor? Quizá serían excusas, quizá alegatos repletos de las bondades encontradas, quizá alivio, pero ni un rastro de pérdida, ni un poquito de miseria, ni la más mínima sensación de vivir una condena. No habría pena, no habría pánico, no habría corazón. No habría un nosotros, solo una acusación y un no le des más vueltas, que es peor.

Durante un tiempo me convencí de que quizá escribirla podría cambiar el final de la historia. Tardé en darme cuenta de que no hay manera de evitar un final. Entonces me encontré con el miedo, con el bloqueo, con la ansiedad, con el ruido incesante. Con una nueva parte de mí que no soy capaz de aceptar. ¿Algo ha cambiado para siempre o estoy siendo muy derrotista?

En el fondo quisiera preguntarle por qué no yo. Las respuestas que encuentro no me descargan: son las que idearía mi peor enemigo. Sin embargo, tengo la certeza de que la verdad sería aún peor.

¿Por qué no yo? Porque no yo.


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