Los cuadros de Klimt

¿Por qué en las salas de espera de los médicos hay cuadros de Klimt?

Siempre he sido débil. Una simple palabra puede hacer que me rompa en mil pedazos. Quizá por eso me sorprendió que me llamara espartana. “Tú es que eres muy espartana y no entiendes que la gente necesita ayuda”. ¿En serio? Quizá he vuelto a meterme en el personaje. Quizá el personaje soy yo.

Una mañana escuché en la radio a un cantante y comentarista musical recomendar a una chica que pedía ayuda para superar una ruptura la canción más triste que he escuchado en la vida. “Para subir hay que tocar fondo”, le dijo. Y yo pensé: ¿cuántas veces hacen falta?

Cuando empieza la tormenta es incontrolable. Una tecla pulsada que no admite retorno y mueve ficha atropelladamente sin medir las consecuencias. No para hasta que llega a conclusiones horribles: tengo caducidad. Entonces, cuando me doy cuenta de que soy ese yogur pasado de fecha al final de la nevera al que nadie echa cuenta, parece que frena un poco.

Las etiquetas nos limitan, pero a mí nombrarme como lo que soy me ayuda, aunque me siga preguntando cuántas veces hacen falta.


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