Quitar lo que sobra

En algún momento – no sé en cuál – dejé de necesitar ciertas atenciones sin las que en otro momento no hubiera podido pasar. Desde entonces me pregunto constantemente qué opción es la más inteligente, si la de alejarse o la de lanzarse a la piscina. Tengo claro cuál de las dos es la menos dolorosa y lucho a diario contra mi pulsión valiente. Ya no quiero ser valiente, ahora solo quiero estar tranquila.

Tengo en mente varias cartas de despedida que no mandaré jamás. Ya lo hice una vez con aquel mail que pasó meses en mi carpeta de borradores. Un día mi tía me explicó que cuando dejó de fumar siempre tuvo a mano una cajetilla de tabaco por si acaso: “una vez que has tomado la decisión, tienes que reafirmarte en ella. Si un día te apetece fumar es preferible hacerlo que aguantarte las ganas”. Años después copié su método y un paquete de Lucky Strike durmió en mi mesilla de noche durante algunos meses. Cuando fui capaz de deshacerme de él supe que estaba limpia. Con el mail en borradores me pasó lo mismo.

Decía Michelangelo que su gran obra, El David, siempre estuvo ahí, escondido en un gran bloque de mármol, y que él se limitó a quitar las partes que le sobraban. Seguramente debajo no haya más que una vida mediocre, pero toca quitar lo que sobra.


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