Sobrevivir

No necesito que me alegren el día aunque de vez en cuando intercambie conversación con la vecina de enfrente, escuche un piano muy lejano o abra mi ventana para aplaudir a las 8. Tampoco necesito mil directos en Instagram, ni cursos gratis, ni entrenamientos en casa. Prefiero asumir que durante un tiempo la vida va a ser otra cosa y que no pasa nada.

El día que toque volveré a poner el despertador a las 6:15, a tomar el café de un sorbo antes de la ducha, me pondré crema, blush y rímel, me vestiré según lo dispuesto el día anterior y me lanzaré a la calle a las 7 y algo.

Y venga gente en el cercanías, y el Hoy Empieza Todo de R3, y ese libro que voy leyendo a trocitos, y el paseo hasta el trabajo, y dar los buenos días, y encender el ordenador, y ponerme al día a medida que la gente va llegando y la oficina se completa. Bajar a desayunar, seguir con las reuniones y las tareas. La cola en el microondas, comer en un tupper, y más tareas y reuniones hasta la hora de salir, que toca deshacer el camino y estirar las horas del día que quedan porque es el tiempo que realmente entiendo como mío.

Entrenar es lo primero: hacerlo consciente, hacerlo con fuerza, hacerlo con respeto, disciplina e ilusión. Alguna compra de vuelta a casa. Algún día, por qué no, tomar una cerveza antes de volver a casa a preparar el día siguiente. Siempre viviendo en futuro. Siempre agotando el presente.

La ducha. La cena. El tupper, la ropa, la bolsa del gimnasio. El capitulito antes de dormir. Las 4 páginas.

Y así día tras día hasta que, oh, por fin es viernes: podré salir a correr sin importar la hora, pero es que también quiero entrenar, quedar para el brunch, ir al supermercado, dormir (qué locura), ir a comer con unos, quedar para un vino con otros, ponerte al día con tal serie. Escribir. Pasar tiempo con mis gatos. A-b-u-r-r-i-r-m-e. No tener un horario que me esclavice. ¿Viajar? Hace mucho que no veo a mis padres. Me han hablado muy bien de Copenhague. Quiero ir al campo. ¿Qué tal un retiro? ¿Un festival?

Casi todo eso se ha parado por un tiempo. ¿Por qué empeñarse en tener un ritmo de vida frenético? ¿Por qué forzar las ganas de lo que no tienes ganas?

Mi entrenamiento no puede ser el que estaba siendo. Está bien. Lo adapto cuando me apetece y cuando no, no. Hago yoga a diario. Hacía tiempo que no practicaba con tanta regularidad y, ¿sabes qué? Que me sienta de lujo, aunque no estuviera en mi rutina anterior. Apenas he avanzado en la escritura por lo que voy a dejar de llamar a mi novela como tal. Muchos días no tengo hambre. Otros tengo ganas de cocinar a ver qué sale. Supongo que soy tan caótica como he sido siempre, pero es que me da igual. Me conformo con sobrevivir.


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