Al otro lado

Es difícil acostumbrarse a que no haya nadie al otro lado. La situación de aislamiento, los torpes intentos por conectar cuando igual no es lo que toca. Una vez me dijeron que tenía que evitar todo lo que tuviera de por medio el verbo forzar e intento cumplirlo a rajatabla. 

Es el momento idóneo para la introversión, para no dar explicaciones, para estar en modo no disponible, para alternar ruidos y silencios a demanda. Nada de exigir. Nada de fingir. Nada de obligarse. Está bien así. Cartel de no molestar. 

Sin embargo, hace meses que cuando me pasa algo – bueno o malo – enseguida agarro el móvil para compartirlo con alguien. Me puede la vena periodística de querer transmitir la noticia, pero no sé a quién llamar. ¿Esto lo he elegido yo o es lo que me merezco? 

He dejado de suponer que habrá alguien al otro lado. Cuando viajo y no espero encontrar a nadie en el andén que me pregunte qué tal el viaje. Cuando marcho nadie me acompaña a la estación y permanece ahí hasta que empieza el movimiento para decir adiós con la mano mirando hacia la ventana. Tampoco espero encontrar a nadie al final de la cuarentena, será por eso que no me molesta el confinamiento. ¿Tendré el síndrome de la cabaña o simplemente pánico a volver a esa vida en la que tengo que fingir todo el rato que no me duele todo esto?


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