Animal

Mi gato maúlla a gritos, yo no puedo ni moverme de la cama y mi gata va detrás de los vilanos que el viento mete por la ventana. Formamos una estampa tan patética como esperanzadora. La verdad es que en momentos como este, de apatía total, es cuando más me doy cuenta de lo afortunada que soy al tenerles. Ellos, sin duda, me salvaron a mí. Y lo siguen haciendo cada vez que caigo.

Dicen – y, por suerte, lo he podido comprobar en cuatro ocasiones contadas – que algunos animales, cuando enferman, se aíslan. Se recogen en un rincón y eligen la soledad para esa situación. Quizá no quieren ser un estorbo. Quizá simplemente no les sale otra cosa.

Sé que en estas ocasiones reacciono como un animal. Si lo pienso, me doy cuenta de que mi padre es así (o al menos lo fue). Me gusta sentir entonces la fuerza de la genética , no sé por qué. De alguna manera me acerca a quienes tengo lejos, a quienes ya no me pueden aliviar como cuando era una cría. Me conecta con algo muy profundo que murmura con la voz de mi madre: “ánimo, valiente, hay que levantarse”.

La última vez que recuerdo esta desidia tan absoluta e inusual también hacía calor. Tampoco tenía hambre ni ganas de que entrara la luz por la ventana. Me intenté aislar y mis animales me acompañaron en todo momento, como ahora mismo, mientras escribo. A veces abrazando mi cuello con sus patitas, a veces a una distancia prudencial. Ellos siempre saben estar sin atosigar. Cuánto nos cuesta a veces a los humanos encontrar ese punto mágico entre la exigencia y la indiferencia total.


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