Superviviente

Mi mundo cabe en un lugar muy pequeño. Es increíblemente diminuto. Incluso podría decir que cabe en la palma de mi mano. A veces me ahogo en él. A la vez siento pánico a que se ensanche.

Vivo entre el miedo a tener más de lo que necesito y el terror a acostumbrarme a no poder abarcar más. Hace tiempo que no existe ese lugar seguro, así que he aprendido a ser mi propio refugio. ¿Quién quiere faros si tiene suficiente luz? Me apago, me hago una señal, vuelvo a la vida, navego a la deriva, esquivo tempestades, me dejo hundir, vuelvo a salir a flote. Me animo con mentiras: “soy una superviviente”. Y sigo. Me apago, me hago una señal, vuelvo a la vida…

Me gustaría que pensarme en el pasado no me supusiera un conflicto. Tampoco quiero que asomarme al futuro me produzca este vértigo ridículo. Me he contado tantas veces mi propia historia del antes y el después que me la he creído. Ya no sé si es verdad o no. Sé que hay un final, una línea ascendente absurda, una cuenta atrás que no me deja dormir, una huida (¿hacia adelante?), bastantes decepciones y la cruel idea de que todo va irremediablemente a peor desde hace años. Hay una jaula: me dijeron que yo tenía la llave, pero debí perderla (también).

Intento deconstruirme. No evaluarme como lo hago, en términos de fracasos y errores, de éxitos y malas decisiones. ¿Dónde querría estar en este mismo instante? Ni yo misma lo sé.


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