Dónde

Hace semanas que pienso de una manera casi obsesiva en cambiar de casa. Cuando me meto en la cama no puedo dejar de imaginarme empaquetando de nuevo mi vida y siento incluso el estrés de la mudanza: ¿por qué me he comprado tantos libros? ¿Por qué tengo tantísima ropa? ¿Por qué tiré la caja del aspirador?

Quizá han sido meses de muchos cambios, de muchas nuevas situaciones, de adaptarse a lo que ha venido (qué remedio). Puede que sea eso lo que me atormenta: ¿no llevo demasiado tiempo aquí? Igual que se cierra la toma de decisiones (no puedo literalmente permitirme un cambio ahora) se abre un abanico de posibilidades (no tiene por qué ser en Madrid). Juego a elegir un lugar donde podría ser feliz y siempre se me viene a la cabeza el norte y su mar. Pero no hay más motivo que querer estar allí: no hay un trabajo presencial, no hay una persona esperando. Solo una ciudad vacía y pocas ganas de empezar de 0.

Prefiero no preguntarme dónde pensé que estaría al cumplir los 35 en ningún sentido: laboral, sentimental, físicamente. Siempre vi lejana esta cifra y nunca me gustó hacer planes ni tener anhelos a largo plazo. Quizá eso explique casi toda mi vida. Vivir el presente está bien, pero cuando se convierte en futuro y no tienes nada planeado, puede doler. No por la frustración de no haber alcanzado tal meta, sino por la culpa de no haber siquiera planificado una hoja de ruta.


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