Una gatita

La desconfianza es un sentimiento natural. Lo veo a diario en mis gatos. Esta misma mañana, Pili ha venido detrás de mí como cada día para que le abriera la ducha para beber. Como hacía mucho calor, me he mojado las manos y se las he pasado por el lomo. No le ha gustado. Ha estado buena parte de la mañana mirándome de lejos con una mezcla de decepción y rabia en sus ojos que solo entenderán los que tienen gato.

Esta noche, después de ducharme, no estaba esperando en el baño para entrar corriendo a chupar el plato. Estaba debajo de la cama, asustada por si yo volvía a mojarla.

Seguramente – como ella es buena y yo también – mañana se le habrá olvidado, pero hasta entonces, desconfía. Y no la culpo. Mi intención no era mala, pero explícaselo a ella. Como dice mi madre – y yo solo repito en estos casos en los que nos falla el idioma – “no tiene cabecita”. Cuando se enfada no atiende a razones. No sé a quién habrá salido.

Dicen que tendemos a humanizar a los animales, pero pocas veces se habla de qué pasa cuando los que nos mimetizamos somos los humanos. Solitaria, leal, caprichosa, inquieta, espontánea y esquiva. Un callejón sin salida, una casa de acogida, una luz encendida, una mañana suicida.

Un huracán, un siroco


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