Un ancla

Supongo que es este ambiente apocalíptico, este año tan raro que ordena y desordena nuestros esquemas, que nos pone a prueba, que nos reta a ver cuánto somos capaces de aguantar, cómo de rápido nos adaptamos, nos olvidamos, nos levantamos y nos volvemos a hundir.

Entre tanta teoría conspiranoica, tantos ataques, tantas ganas de retomar algunas costumbres que jamás pensamos echar de menos, tanta distancia y la cercanía que ahora es abrumadora, lo más sensato es buscar un ancla. Intento agarrarme a lo que me mantiene los pies en el suelo, aunque sea al borde del abismo.

Puede ser la edad, la pandemia o simplemente la propia circunstancia. Qué sé yo y qué más da. El caso es que todo parece estar pasando un control de calidad que es cada vez más riguroso. Estoy tan cansada de sentirme culpable que trato de sacudirme todo aquello que me genera una exigencia superior a lo que puedo ofrecer. Y nada es inmune a este filtro: hasta los cimientos más sólidos pueden no pasar el examen y resulta que tampoco pasa nada.

Ahora soy más consciente de lo que soy y de lo que no. No me da ningún miedo levantar la mano para desmarcarme de etiquetas que no me corresponden y reafirmarme en las que creo que sí. En los últimos meses he perfeccionado mi capacidad de radiografiar las cualidades ajenas, ver cuáles no quiero que se me peguen y aquellas que me gustaría aprender.

Huyo de la gente que no se equivoca nunca, que no sabe pedir perdón, que no tolera los errores ajenos (y hace leña del árbol caído) o que lleva la soberbia por bandera. Me alejo de la falsa modestia y de quien tira la piedra, esconde la mano y se sorprende si decides no permanecer demasiado cerca de alguien que es capaz de tirarte una piedra. Basta ya de los maltratos consentidos. Basta ya de no ser ni inteligente ni emocional.

Celebro estar en este punto donde permito que el corazón se me llene únicamente de amor, generosidad, templanza, buen humor y cuidados. Necesitamos cuidarnos, ahora más que nunca. Intento subsanar errores, no dejarme ni un elogio en el tintero, decir que no cuando no quiero hacer algo y mantener – sin dependencia ni demanda ni dominancias – el alma tranquila (y el ancla en la sensibilidad).


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