Sino de qué

Resulta extraño en un momento como este, pero llega el otoño – las estaciones permanecen intactas – y, como cada año, el cuerpo reclama recogimiento. Creía que quizá ya había tenido suficiente aislamiento, pero los ciclos siguen, el calor se va apagando y es necesario soltar. Igual más que nunca.

Hay ganas de cerrar las ventanas, de dejar de escuchar ruido y de dejar de generarlo. Mirarse por dentro es un ejercicio de valientes que también es susceptible de caer en la espiral del silencio. Mientras una información golpea incansablemente, otra se va quedando fuera. Todo se ha parado, pero es que nada se ha parado. Ojalá. Lo peor es aquello que no solo no se detiene, sino que avanza, diligente, en la peor de las direcciones.

Mirar al frente es desolador: el paso del tiempo obliga a mirar lo inmediatamente pasado como algo que, aunque parecía malo, no era lo peor. Luchar contra lo invencible es una guerra agotadora, pero hay un instinto de supervivencia que te lo impone. No se puede vivir en la tristeza: también hay que reírse de tonterías y disfrutar de instantes insignificantes. Sino de qué ibamos a estar vivos.


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