inhabitable

Últimamente no dejo de ver los defectos de mi casa. Será que ya llevo algunos años aquí – más que en ninguna otra casa de alquiler en toda mi vida, que no han sido pocas – y soy más consciente del desgaste (también del mío).

Supongo que es como en una relación cuando el paso del tiempo hace de las suyas y algunas cosas comienzan a ser decadentes. Digo supongo porque no lo sé: nunca he llegado a vivir ese deterioro. Nunca me ha irritado un tubo de pasta de dientes apretujado, un cartón de leche vacío en la nevera, un silencio durante la cena. Siempre he mostrado – de manera totalmente involuntaria, claro – todas mis taras lo suficientemente pronto como para no tener que llegar a eso.

Hay casas en las que sabes que no quieres vivir solo con con ver un par de fotos. En otras no hace falta estar más que unos meses para sacarle todos los fallos: las ventanas que no aíslan, el parqué no uniforme, el sofá incómodo, el ruido de la cadena. Así soy yo, con todos mis defectos de habitabilidad a la vista.

***

Anoche rompí a llorar con una escena que en realidad era de risa. Pensé, de repente, cuándo fue la última vez que me sentí guapa. Me dio igual: qué más da eso. Pero entonces recordé otros sentimientos abandonados a la fuerza. Agarré el teléfono: al otro lado encontré la verdadera razón de mi tristeza.

Trato de disculpar mi propio comportamiento: pedir cobijo es un acto instintivo. Por eso, aunque yo-me-curo-sola, algunas veces – un 1%, no más – fantaseo con la idea de tropezar de nuevo con su abrazo. Y todo lo demás, no importa apenas.


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