Siempre la verdad

No soy partidaria de quedarme con la duda. Ya no. Las propias conjeturas son casi siempre más nocivas y, sea más cruel o más amable, es mejor siempre la verdad. Pero muchas veces no queda más remedio y es difícil luchar con las hipótesis. Pongo a dialogar a mi intuición con la culpa, me alejo e intento ver la versión más objetiva de los hechos y, al final, siempre la misma conclusión: seguramente nunca lo sabré. Ojalá pudiera buscar en Google por qué pasaron algunas cosas igual que busco casi todo lo demás. Ojalá obtener ahí una respuesta simple y sincera que me liberara de las suposiciones.

¿Por qué? Hay días que no me importa y otros que me atormenta. Paso de la rabia al odio con la misma rapidez que vuelvo a la indiferencia. El resultado de este circuito siempre es algo cruel. Me debo paciencia, así que intento tirar balones fuera ahora que apenas nada me despierta sentimientos nobles. Mis padres, mis gatos, algunos recuerdos envueltos en terciopelo por mí. Nada más. ¿Cuánto tiempo se puede vivir sin ilusión?


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